Por: Joseph E. Stiglitz

La economía estadounidense, desgarrada por la guerra

ALGUNOS DICEN QUE EXISTEN dos temas en las inminentes elecciones de Estados Unidos: la guerra de Irak y la economía. En los días en que la guerra parece ir mejor de lo que se esperaba, y la economía peor, la economía eclipsa a la guerra, pero a ninguna de las dos les está yendo bien. De alguna manera, existe un único tema, la guerra, que exacerbó los problemas económicos de Estados Unidos. Y cuando la economía más grande del mundo está enferma —y hoy está muy enferma—, todo el mundo sufre.

Antes se creía que las guerras eran buenas para la economía. Después de todo, en general se tiende a pensar que la Segunda Guerra Mundial ayudó a sacar la economía global de la Gran Depresión. Pero, al menos a partir de Keynes, sabemos cómo estimular la economía de manera más efectiva, y de modos que aumenten la productividad a largo plazo y mejoren los niveles de vida.

Esta guerra en particular no ha sido buena para la economía por tres razones. Primero, contribuyó a un aumento de los precios del petróleo. Cuando Estados Unidos entró en guerra, el barril de petróleo costaba menos de 25 dólares, y los mercados a futuro esperaban que se mantuviera allí durante una década. Los operadores de futuros eran conscientes del crecimiento de China y de otros mercados emergentes; pero esperaban que la oferta —principalmente de los proveedores de bajo costo de Oriente Medio— aumentara a la par de la demanda.

 La guerra cambió esa ecuación. Los precios más altos del petróleo implica que los norteamericanos (y los europeos y los japoneses) están pagando cientos de millones de dólares a dictadores petroleros de Oriente Medio y a exportadores de petróleo en otras partes del mundo, en lugar de gastarlos en casa.

 Es más, el dinero gastado en la guerra de Irak hoy no estimula la economía tanto como el dinero invertido fronteras adentro en caminos, hospitales o escuelas, y no contribuye tanto al crecimiento a largo plazo. Los economistas hablan de “obtener más por menos” —cuánto estímulo económico ofrece cada dólar que se gasta—. Cuesta imaginar menos estímulo que el que ofrecen los dólares gastados por un contratista nepalés que trabaja en Irak.

Con tantos dólares que se van al exterior, la economía norteamericana debería haber estado en mucha peor forma de lo que parecía. Pero, a pesar de todo lo que intentó la administración Bush ocultar los verdaderos costos de la guerra mediante una rendición de cuentas incompleta y engañosa, las deficiencias de la economía fueron compensadas por una inundación de liquidez de parte de la Reserva Federal y por una regulación financiera laxa.

Se inyectó tanto dinero en la economía y tan laxos fueron los reguladores, que un banco norteamericano líder publicitaba sus préstamos con el eslogan “calificado desde que nace” —un claro indicio de que, en efecto, no había ninguna norma crediticia—. De alguna manera, la estrategia funcionó: una burbuja inmobiliaria alimentaba el frenesí del consumo, mientras las tasas de ahorro se desplomaban a cero. Las debilidades económicas simplemente se posponían para alguna fecha futura; la administración Bush esperaba que el momento de rendir cuentas llegara después de noviembre de 2008. Por el contrario, las cosas empezaron a desembrollarse en agosto de 2007.

Ahora respondió con un paquete de estímulo que es demasiado pequeño, llega demasiado tarde y está pésimamente diseñado. Para ver la inepcia de ese paquete, basta con compararlo con el más de 1,5 billón de dólares que se pidieron en concepto de préstamos con garantía hipotecaria en los últimos años, la mayor parte de los cuales se gastaron en consumo. Ese juego —basado en la idea de que los precios inmobiliarios entrarían en una espiral interminable— terminó.

Frente a una caída de los precios inmobiliarios (que seguirán cayendo) y dada la incertidumbre de los bancos respecto de su posición financiera, los prestadores no prestarán y los hogares no pedirán prestado. Así las cosas, si bien la liquidez adicional inyectada al sistema financiero por la Fed puede haber impedido una catástrofe, no estimulará el consumo o la inversión. Por el contrario, gran parte de esta liquidez encontrará su destino en el exterior. China, por ejemplo, teme que el estímulo de la Fed aumente su inflación interna.

 Existe una tercera razón por la cual esta guerra es económicamente mala para Estados Unidos. No sólo Estados Unidos ya gastó mucho dinero en esta guerra —12.000 millones de dólares por mes y siguen sumando—, sino que todavía se debe saldar gran parte de la cuenta, como la compensación y la atención sanitaria del 40% de los veteranos que regresan con incapacidades, muchas de las cuales son muy serias.

Es más, esta guerra estuvo financiada de manera diferente que cualquier otra guerra en la historia de Estados Unidos —tal vez en la historia reciente de cualquier país—. Normalmente, los países piden un sacrificio compartido, cuando piden a sus jóvenes, mujeres y hombres que arriesguen sus vidas. Se aumentan los impuestos. Existe un debate sobre la carga a traspasar a las generaciones futuras. En esta guerra, este debate no existió. Cuando Estados Unidos entró en guerra, existía un déficit. Sin embargo, llamativamente, Bush pidió y obtuvo un recorte impositivo impulsivo para los ricos. Eso significa que cada dólar gastado en la guerra, en efecto, se pidió prestado.

Por primera vez desde la Guerra Revolucionaria, hace dos siglos, Estados Unidos tuvo que recurrir a los extranjeros en busca de financiación, porque los hogares norteamericanos no han estado ahorrando nada. Cuesta creer los números. La deuda nacional se incrementó el 50% en ocho años, y de este incremento casi 1 billón de dólares se debe a la guerra —una cantidad factible de aumentar más del doble en diez años—.

 ¿Quién habría pensado que una administración podía causar tanto daño en tan poco tiempo? Estados Unidos, y el mundo pagarán para repararlo en las próximas décadas.

* Premio Nobel de Economía en 2001. Profesor en la Universidad de Columbia. Copyright: Project Syndicate, 2008.

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