Por: Eduardo Sarmiento

La economía mundial estancada

LA EVOLUCIÓN RECIENTE EN CIERta forma confirma el escepticismo sobre la economía mundial. Los círculos influyentes estadounidenses predecían un crecimiento de más de 3% y difícilmente llegará a 2%, y lo más grave el desempleo retornó a la tendencia ascendente.

Los pensadores y gestores se resistieron a reconocer que el origen de la crisis estaba en el Orden Económico Internacional, que daba lugar a un exceso de ahorro sobre la inversión que se llenaba con valorización de activos; en tales condiciones, la política monetaria es muy poco eficaz para promover la reactivación y la fiscal es insuficiente. En su lugar, dieron por hecho que las políticas fiscales y monetarias elevaban la producción, reducían el ahorro y luego podían ser retiradas sin causar traumatismos. Se equivocaron en materia grave. La sustitución de la política fiscal de aumentar el gasto público por la política monetaria de comprar títulos del tesoro ocasionó la caída del producto y luego el estancamiento.

La situación de Europa periférica es similar. Sus economías se han visto seriamente afectadas por la pérdida de competitividad con las economías más avanzadas, en particular Alemania. Luego de la recesión 2008, quedaron grandes déficits fiscales y déficits en cuenta corriente que dieron lugar a elevados endeudamientos que redujeron el acceso a los bancos internacionales. Apegados a la ortodoxia, pretendieron neutralizar la caída de la actividad económica ocasionada por el choque de la balanza de pagos por los procedimientos tradicionales. Como ocurrió en América latina y Asia, en la década del 90, el intento de corregir el desbalance con políticas contractivas acentúo la caída de la producción y el empleo, y no corrigió la falla estructural.

Frente al panorama que tiende a extenderse como pólvora, los países europeos no tienen más alternativa que volver los ojos a los países emergentes, en particular Argentina en 2001. Deben abandonar los libros de texto que dicen que los países pueden recobrar el pleno empleo y la plena capacidad independientemente del régimen cambiario. La solución es adoptar grandes devaluaciones que están proscritas en la zona Euro, y en los casos extremos como el de Grecia,  reestructurar la deuda.

La otra situación crítica es la de países como Colombia expuestos a déficit en cuenta corriente y presiones de revaluación que obligan a cuantiosas emisiones para sostener el tipo de cambio. En la actualidad registran grandes expansiones de crédito y alzas en los precios de los activos, que son insostenibles. Aun mas grave, es la respuesta mecánica del FMI y los bancos centrales de elevar la tasa de interés. La receta induce más entradas de capitales que obligan a comprar mas dólares contrarrestando el efecto inicial, y resulta peor que la enfermedad. La regulación del sistema se realiza con elevadas tasas de interés que detienen la producción y el empleo y la profundización de la revaluación que devasta la industria y la agricultura.

En los últimos dos libros sostengo que la deficiencia conceptual condujo a una estrategia orientada a sacar las economías de la recesión sin resolver la causa central, el quiebre del Orden Económico Internacional, que da lugar a un exceso de ahorro cubierto con valorización de activos. Las acciones aisladas de los países para ampliar el empleo y la producción o para equilibrar las balanzas de pagos dan lugar a efectos contrarios en los otros. La recuperación y la estabilidad requieren en los países mayores la coordinación de las políticas fiscales y cambiarias, y en los países emergentes una intervención cambiaria que se aproxime más al tipo de cambio fijo y un manejo fiscal y monetario que le conceda prioridad a la producción y el empleo.

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