La edición dominical

Acabo de terminar la lectura de la edición de El Espectador del pasado 28 de febrero. ¡Es una edición de lujo que bien puede rayar en lo lujurioso intelectual!

El ponderado editorial, la alegoría historiográfica de Abad sobre Federico II, la columna híspida pero no menos gentil de Bejarano llamándonos a cerrar filas en torno a todas las candidaturas renovadoras, el ponderado llamado politológico que desde la economía efectúa Gaviria, el inventario de lo por hacer elaborado por Montenegro, el rescate de lo jurídico formulado por De la Calle y el balance agridulce que propone Samper, dicen bien del buen gusto del periódico.

A ello se suman los dos formidables reportajes con el magistrado González y el ex magistrado Beltrán. Ambas conversaciones nos han permitido apreciar la talla de jurisconsultos que, a pesar de innegables persecuciones del Ejecutivo, conformaron siempre el Poder Judicial, tal vez en el período más crítico vivido de su nueva historia posterior a la Constituyente del 91.

Todas estas virtudes de las que hace gala esta edición dominical, ameritan que sea conservada como pocos documentos periodísticos lo merecen por estos días que, no casualmente, terminaron siendo aciagos para algunos medios de comunicación impresos que pusieron sus propias manos en el asador del funesto “estado de opinión”.

 Bernardo Congote.  Bogotá.

Paro en Bogotá

Otro paro de transportadores en Bogotá. Otra vez todos los bogotanos quedamos a merced de los dueños de los miles de buses chatarra que recorren todos los días esta ciudad y quedamos todos varados, o mejor, enlatados en Transmilenio, que a pesar de sacar toda la flota, como aseguró su gerencia, ha quedado corto una vez más, colapsado frente a la ciudadanía responsable de no llegar tarde a sus labores. ¿Hasta cuándo soportaremos esto como ciudadanos? Propongo un paro de los bogotanos frente al abuso de todos aquellos que no permiten la movilidad civilizada por esta ciudad. Que todos los usuarios del transporte público se levanten de frente contra los abusos cotidianos que deben soportar: buses viejos, sucios y contaminantes, conductores sin una gota de urbanidad (salvo contadas excepciones), inseguridad dentro de los vehículos, paraderos obsoletos (a pesar de las gerencias que se han creado para su regularización), velocidades que atentan contra la vida de pasajeros y peatones. Pese a todo lo anterior, quieren dejar las mismas chatarras, tener privilegios en concesiones, subir los costos de pasajes. Transmilenio no se salva, la flota es insuficiente, es el transporte público más costoso de la ciudad, las rutas no cubren las exigencias de movilidad y faltan beneficios para la población mayor y estudiantil; además, debemos soportar las interminables obras para su implementación, con todo y sus incumplidos contratistas.

 Mario A. Rodríguez Larrota. Bogotá.

Envíe sus cartas a lector@elespectador.com.

 

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