Elecciones 2018: Colombia elige presidente

hace 13 horas
Por: Paloma Valencia Laserna

La efectividad de las estrategia gringa

El 11 de septiembre cambió el mundo. La acción de Al Qaeda refundó el terrorismo; convirtió instrumentos inofensivos como los aviones, en armas (de manera similar a lo que sucede con los cilindros de gas, que eran útiles y ahora son peligrosas bombas).

Aquello rompió la tranquilidad de manera definitiva; todo es ahora potencialmente peligroso; el cambio de uso de un objeto es suficiente. El riesgo está en cualquier parte, invisible e imperceptible. Para completar el cuadro del terror, el planeta entero lo vio por televisión: la muerte, el miedo, la desesperación.

La reacción de los gringos al iniciar una guerra en Irak fue desconcertante para muchos, pero tiene una explicación lógica y con amplia tradición en ese país. Si analizamos los conflictos americanos, hay una constante evidente: todos se desarrollan por fuera de su territorio: las guerras mundiales, Vietnam, la lucha contra las drogas y la que enfrenta el terrorismo, se dan afuera. Uno de los bienes jurídicos más preciados por los americanos es el orden interno. Se trata, como es claro, de la base que les ha permitido el desarrollo. La estabilidad interna hace que las empresas trabajen, crezcan y la sociedad progrese cada vez más. El control social es mucho más simple, pues en el orden sólo hay brotes para los cuales el Estado es suficiente. Así las cosas, parece claro que los americanos dan las luchas por lo que consideran necesario, pero siempre lo hacen por fuera de su país. Es una acción pragmática que les permite enfrentar los problemas sin poner en riesgo su estabilidad social.

A pesar de la vehemencia del discurso antidrogas de los gringos, las acciones internas contra el narcotráfico son escasas. Se limitan a los arrestos de los pequeños vendedores y a algunas redadas. La verdadera guerra se da en Colombia, que recibe los recursos gringos. Nosotros tenemos que resistir el remezón social que supone enfrentar el hampa. Los EE.UU. lo vivieron en los tiempos de Al Capone y los resultados fueron parecidos a los nuestros. El caso de la guerra de Irak es el mismo. Había que sacar el conflicto del suelo americano y colocarlo lejos. La guerra en el Medio Oriente llevó la batalla a la zona de los fundamentalistas islámicos; allá pudieron asesinar a los americanos y desfogar todo el sentimiento antiimperialista. Mientras, los EE.UU. mantenía la tranquilidad dentro de su territorio.

En este contexto, la muerte de Osama Bin Laden es una pieza fundamental. Si bien el conflicto con Irak pudo desdibujar que el 11 de septiembre era móvil, la caída del jefe de Al Qaeda le devuelve al asunto su dimensión. El desorden de la guerra, los muertos, y la incapacidad de hallar a Bin Laden, le estaba dando al mundo la impresión de que los gringos estaban en un conflicto que no habían dimensionado. Más aún, se desdibujaba la idea de que los americanos son invencibles; se dudaba de sus súper poderes militares (su gasto militar es 6 veces más grande que el país que les sigue). Ahora es claro: estar ahí era parte del plan de trasladar el conflicto; estar ahí les servía como escudo para las opresiones encubiertas. Sin importar la dificultad y el tiempo, se ejecutaron los objetivos: EE.UU. no tuvo más ataques en su territorio y el jefe terrorista está muerto.

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