Por: Columnista invitado EE

La emoción de Notre Dame

Por: Dominique Moisi

La gente cantaba, rezaba y lloraba, o sólo estaba congelada sin poder creer lo que tenía ante sus ojos, mientras las llamas abrasaban “su” catedral de Notre Dame, objeto de su memoria individual y colectiva. Las emociones de quienes presenciaron el incendio en París el 15 y 16 de abril se han hecho eco en todo el mundo. Esperemos que esta efusión global de empatía en respuesta a una tragedia tenga efectos positivos duraderos, en Francia y en otras partes.

Desde los dos atentados terroristas que bañaron de sangre la capital francesa en 2015 no había recibido tantos mensajes de condolencia (y tantos pedidos de entrevistas) como después de que estalló el incendio. Provenían de Australia, Japón, Estados Unidos, el Reino Unido, Holanda y muchos otros países.

El incendio también generó una avalancha inmediata de aportes financieros generosos para ayudar a reconstruir la catedral, no sólo de Francia, donde se prometieron cientos de millones de euros en apenas un día, sino de todo el mundo. En Estados Unidos en particular, donantes adinerados apoyaron a la catedral que había hecho sonar las campañas en señal de duelo por las víctimas de los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001.

Hay quienes pueden estar ligeramente sorprendidos por semejante estallido conmovedor de emociones positivas, como si el destino de un edificio de 800 años fuera más importante que la supervivencia del planeta, las vidas de millones de refugiados o la situación de los pobres del mundo. Parece que nos resultara más fácil preocuparnos por preservar el legado del pasado que por salvar el futuro. Preferimos proteger edificios históricos que seres humanos.

Sin embargo, entiendo y comparto las emociones desatadas por el fuego, así como la sensación de responsabilidad de mantener este monumento intacto para las generaciones futuras. Notre Dame fue un elemento familiar para mis abuelos y quiero que “ella” siga siendo lo mismo para mis nietos. Si nuestro deber colectivo como seres humanos es hacer todo lo posible para reparar y mejorar nuestro entorno en el corto tiempo que pasamos en este planeta, entonces el destino de la catedral es una prioridad natural. Quiero que la historia vea a mi generación como la que hizo el mayor esfuerzo por reconstruir Notre Dame, o quizá por embellecerla aún más, como símbolo universal de paz y belleza.

No soy cristiano. Pero como parisino, francés y europeo, para no mencionar ciudadano del mundo, me sentí embargado por una sensación profunda de pérdida inminente cuando comenzó el fuego, mientras los expertos temían que toda la catedral pudiera derrumbarse. Tuve que correr a ver el edificio para mantener vivo el recuerdo, antes de que se convirtiera en un campo de ruinas, un mar de cenizas. Sentí que Notre Dame me pertenecía, como una parte integral de mi historia y hasta de mi vida.

Innumerables millones de personas antes que yo podrían haber dicho lo mismo. Napoleón fue coronado emperador en Notre Dame en diciembre de 1804. Una generación más tarde, el gigante literario francés Víctor Hugo inmortalizó la catedral en su novela El jorobado de Notre Dame, que luego se transformó en éxitos cinematográficos y en un musical. Y en agosto de 1944, Charles De Gaulle asistió a una misa allí para celebrar la liberación de París durante la Segunda Guerra Mundial, cuando la ciudad todavía no estaba del todo pacificada.

Ahora bien, ¿por qué millones de personas en todo el mundo comparten mis emociones? La belleza de la catedral, por cierto, es parte de la razón, como lo es la naturaleza espectacular del fuego que estuvo a punto de destruirla. Una amiga mía, cuyo balcón da a Notre Dame en la margen izquierda del Sena, me describió lo que sólo podía calificar de “fascinación con horror”. París no se estaba quemando, pero su corazón emocional sí. Es más, este fuego gigantesco aparecía en vivo en los noticieros del horario central. El monumento más visitado en Europa, según las autoridades francesas, estaba a punto de desmoronarse. Fue precisamente este elemento de familiaridad lo que ayudó a generar la empatía casi universal por el destino de la catedral.

Esto me recordó un debate que tuve hace diez años con la filósofa norteamericana Martha Nussbaum, quien describió un experimento con ratones. Sólo cuando un ratón que “conocían” era sometido al dolor, dijo, los otros ratones expresaban interés en su sufrimiento. El resto del tiempo, eran completamente indiferentes.

Esta empatía convirtió algo que comenzó como una película de terror en un filme agradable, por lo menos por ahora. El presidente francés, Emmanuel Macron, percibió la emoción generalizada y la utilizó magistralmente al llamar a la unidad nacional luego del incendio. En los últimos meses, Francia ha experimentado manifestaciones y estallidos de violencia todos los fines de semana, y el país nunca ha estado tan polarizado en los últimos tiempos. Pero Macron de repente tenía un argumento poderoso a su disposición: una tragedia de esta naturaleza exige trascender las divisiones mezquinas y abrazar la generosidad y la responsabilidad colectiva.

Las emociones positivas que surgen luego de un episodio de estas características suelen ser intensas y de corta vida, y esta vez probablemente no sea la excepción. Es verdad, el drama de Notre Dame, y la respuesta hábil de Macron, le han dado al presidente francés cierto respiro muy necesitado de cara a las inminentes elecciones del Parlamento Europeo. Pero, como solía decir el ex primer ministro británico Harold Wilson, una semana es mucho tiempo en política. Y para las elecciones europeas todavía falta un mes.

* Asesor sénior en el Institut Montaigne en París.

Project Syndicate 1995–2019

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