Por: María Teresa Ronderos

La encrucijada

Estamos justo ahí, en el cruce de dos caminos en direcciones opuestas. En un sentido, Santos y su esfuerzo para erradicar del país la violencia política por la vía de la negociación.

Del otro, Uribe y su empeño por amarrar a Colombia al pasado. No es candidato presidencial, pero maneja al suyo a control remoto, e intentará llegar de nuevo a la Casa de Nariño, si consigue la fuerza en el Congreso para cambiar la Constitución.

Del camino al que le apostemos los colombianos dependerá el futuro de nuestros hijos, y quizás de los nietos también. Es una coyuntura, esta sí, histórica.

Un camino, el de la paz negociada, es más difícil. No tiene en Santos a un líder carismático y fuerte que apunte con claridad por dónde se debe ir. Al contrario, es un aristócrata que no encanta a la gente. Es más, a veces a él mismo pareciera no gustarle la puerta democrática que está abriendo. Pero, a pesar de eso, o precisamente por su debilidad, nos obliga a hacer el camino al andar, pues no está trazado de antemano. Si los ciudadanos conseguimos con nuestra voz y voto que la paz finalmente cuaje, podremos definir los términos que realmente creamos nos conduzcan a cerrar el capítulo de la violencia como arma de la política en Colombia.

El trecho de aquí a la eventual firma será azaroso, lleno de trampas de los extremistas, y quizás exasperantemente lento. Lo que nos espera después es un escenario aún más ruidoso, confuso, con incertidumbres para la inversión privada y desilusiones para la ciudadanía esperanzada de paz, porque no será inmediata.

Salir de una guerra de medio siglo tendrá además retos enormes. Hemos ensayado muchas reintegraciones a la vida civil de los violentos y la última, la de los paramilitares, nos está saliendo peor que las anteriores, y tendremos que aprender rápidamente cómo enderezarla y asegurarnos de que la próxima, la de las guerrillas de las Farc, salga mejor. El narcotráfico estará acechando, viendo cómo se camufla de colores políticos, intentando revivir el fantasma de la política por las armas que le ha permitido anidar en todos los bandos.

Tendremos los desafíos que tienen las democracias en formación: cómo incorporar la participación intensa y desordenada de la gente, cómo escoger líderes honestos, pero ya como un país normal, no uno paria que mata a sus mejores ciudadanos. Ninguna democracia madura en medio de las balas.

El otro camino, el que ofrecen Uribe y sus áulicos, de seguir la guerra al infinito, es uno conocido, predecible. Les gusta a algunos empresarios porque quien traza las reglas es uno solo y, si les son favorables, se pueden enriquecer sin que nadie ponga problema. Y para lidiar con la protesta social que se salga de los sábados comunitarios está la Fuerza Pública. Como las Farc seguirán vivas, el Ejército nunca será lo suficientemente grande para enfrentar la difusa “amenaza subversiva”, en la que caerá cualquiera que incomode.

Es la disyuntiva que tenemos: una vía, sin hombre fuerte, sin libreto, pero dándole cabida a una ciudadanía tumultuosa, imaginativa, que quiere tomar su destino en las manos en un ambiente donde pensar no tendrá pena de muerte. Ese camino difícil es el que nos abre la puerta a insertarnos al mundo como una democracia normal con sus problemas de desarrollo. La otra vía, la fácil, la del guión conocido de la guerra, tendrá un caudillo fuerte en lugar de instituciones, inversionistas seguros, súbditos embelesados, y un poder ciudadano frenado por el miedo.

 

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