Por: Humberto de la Calle

La encrucijada de hoy

YO TAMBIÉN TENGO MI ENCRUcijada del alma. Tanto tiempo defendiendo desde la academia la lista cerrada y hoy tengo que decir: gracias bendito voto preferente.

Con tanto testaferro de bandido solapado en los entresijos de las listas electorales (con excepciones, claro está) es un alivio que uno puede escoger de ese menú agridulce el candidato de sus preferencias.

Teóricamente se ha defendido la lista cerrada como un remedio contra el personalismo de la política y como un instrumento para lograr una mayor disciplina e institucionalización de los partidos. Esto es indiscutible. Pero, al mismo tiempo, una dosis excesiva lleva al predominio de las roscas, al imperio del bolígrafo y a la desconexión de las estructuras partidistas de la genta de a pie.

El voto preferente, aunque le da albergue al personalismo y sólo logra parcialmente acentuar la idea de que la política es un trabajo de equipo, al menos le da un respiro al elector.

Esa encrucijada del alma la resolvimos en la llamada Comisión de Notables, proponiendo un electrochoque de lista cerrada y bloqueada por un tiempo breve, para obligar a los políticos a unirse, como la campana de Pavlov creaba reflejos condicionados en los perros de experimento, seguido de un regreso al voto preferente para evitar el anquilosamiento.

No es una mala idea. Pero en este panorama, eso de poder escoger a los mejores sirve al menos para lavar la conciencia.

No obstante, no voy a cometer la pendejada de hacer recomendaciones electorales en esta columna, a diferencia de muchos de mis colegas. Es un acto de arrogancia o un acto de estupidez. O ambas. O sea, pendejada geométrica. Arrogancia, porque es demasiado narcisismo pensar que porque un columnista menciona un candidato, el lector va a seguir de la ternilla sus instrucciones. O una estupidez, porque quien crea que el oficio del columnista es guiar al lector como si fuera fronterizo, simplemente pierde su tiempo.

Lo único que digo en un día como hoy, es que el mejor resultado no está tanto en la figura de uno u otro candidato, sino en que la ciudadanía logre minimizar el influjo de los grupos ilegales en el Congreso. Digo minimizar, porque erradicar suena a eslogan. A propaganda. Minimizar es una palabra realista, acuñada por un ex presidente que, con toda honestidad, dijo que su idea era reducir la inmoralidad a sus justas proporciones. Frase llena de sabiduría que, sin embargo, le ha valido burlas de sus compatriotas. Ya se sabe que en política a la gente le gusta que la engañen. La grandilocuencia y la retórica, que ahora plagan de manera alucinante el espacio electromagnético, no son tanto culpa de los políticos sino exigencia de un pueblo que, cuando alguien le habla con la verdad, en vez de aplauso, recibe repudio.

Ejemplo, la salud: se volcaron los políticos a ofrecer salud para todos, a sabiendas de las limitaciones fiscales y de otras limitaciones, las que se derivan de la fragilidad de la naturaleza humana. Pero, ¡ay del político que salga a decir que sólo ofrece salud para algunos! Es mejor que el dirigente nos inculque la idea de que somos inmortales. Lo dijo Borges que es baquiano en estas materias: “Los artificios y el candor del hombre no tienen fin”.

Esa es la grandeza y la desgracia de la política.

Buscar columnista

Últimas Columnas de Humberto de la Calle