Por: Arturo Guerrero

La encrucijada de la palabra del año

La palabra del año tiene que ser la que defina a este país impreciso en la actual coyuntura borrosa. Será un vocablo bárbaro, como la mente de su inventor. Será un término que dé cuenta de la naturaleza esquizofrénica de un pueblo que por mitades mete miedo y tiembla ante este miedo.

Una palabra actual pero que recoja la historia, las matanzas de los últimos tres siglos… por lo menos. Que cuando se nombre, haya que apretar los labios a causa de la rabia. Que sea contundente, cortante, sibilina.

Hela aquí: la palabra del ’17 es “trizas”.

Tiene una sonoridad onomatopéyica. Sus dos sílabas trituran y rasgan, igual que las motosierras. Son aptas para bailarlas con el zapateo del joropo El negrito José María, que canta las batallas cuchilleras del XIX y XX: “Ay caramba, las espadas se amellaron, ay caramba, de los huesos que rompían”.

Un dictamen balístico conceptuaría que con arma de fuego se acribilla al enemigo, se le perfora, pero no se le vuelve trizas. Los tiros son rápidos, vienen de una máquina, no suponen sevicia. En cambio el machete es extensión del brazo asesino que debe emplearse con minucia y prolongadamente para hacer picadillo al desgraciado.

La historia de las guerras de Colombia es machetera. Con peinilla, plan, machete o macheta media humanidad cruzó a la otra media sobre el barro campesino. Así se despedazaron los bisabuelos, así se sembraron las abominaciones que hoy nos tienen agrietados por dentro y por fuera.

De modo que el político que notificó el propósito de “volver trizas los acuerdos de paz” no hizo más que una descripción escueta del país. De su pasado, del presente, del futuro por el que sus copartidarios suspiran y que las víctimas aguardan con el alma en un hilo.

Trizar los acuerdos equivale a regresar a las trizas del descuartizamiento y proyectar campos y ciudades volados en pedazos. También los explosivos vuelven migajas lo que impactan.

Así que lo que se pide no es picar las 300 páginas de La Habana. No. Se trata de desleír la acción pacificadora de los últimos cinco años, que incluye a las dos guerrillas y probablemente al clan criminal que acaba de anunciar tregua unilateral. Se trata de decretar indelebles, por Constitución, los surcos de dolores.

Esta es la encrucijada actual del país. Ninguna palabra la delinearía con mayor maestría que “trizas”. Al tiempo que eslogan para los azuzadores, es reto para los sobrevivientes y para las mentes contaminadas de pavor, cinismo o desconfianza.

Porque la sangre ha disminuido, miles de fusiles callan, los países saludan esta paz como horma para el orbe. No obstante, las cabezas y las tripas de los colombianos están embrolladas entre trizas y reconciliación.

A la palabra de 2017 le restan quince días. En el año siguiente habrá que nombrar de nuevo la baraja. Otras cartas se definirán en las elecciones de marzo, mayo y junio.  Sería útil escuchar al barón Stanislaw Jerzy Lec, poeta y aforista polaco: “Muchas cosas no fueron creadas por la imposibilidad de darles nombres”.

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