Por: Gustavo Páez Escobar

La encrucijada de las sotanas

Horas después de que Benedicto XVI anunció su renuncia al papado, un rayo de grandes dimensiones explotó sobre la basílica de San Pedro.

El fotógrafo Alessandro di Meo captó esa imagen en todo su fulgurante esplendor, y esa misma noche –cuando una fuerte tormenta estremecía el cielo de Roma– fue transmitida por la BBC y vista por el mundo entero. Ese rayo poderoso lo interpretan muchos como un aviso del cielo, o del poder divino, que se da a la Iglesia para que examine sus acciones y rectifique sus pecados.

La estadía de un papa en su trono es vitalicia y la mayoría de ellos, salvo contadas excepciones, ha muerto de edad avanzada al frente del timón. Hacía 598 años que no renunciaba un romano pontífice, y esto sucedió con Gregorio XII, en 1415, pero él fue obligado a hacerlo dentro del ambiente tenso que se vivía en aquellos días a raíz del Cisma de Occidente.

En el discurrir de la Iglesia católica solo hay una renuncia comparable a la de Benedicto XVI, y es la de Celestino V, en 1294, cuando al considerarse con pocas capacidades para desempeñar su alta investidura, y agobiado como estaba por las luchas internas que mantenían en jaque a dos corrientes de cardenales electores, prefirió renunciar para volver a su anterior vida de ermitaño. Lo cual, sin embargo, no pudo lograr, ya que fue encarcelado. Y así murió.

En abril de 2009, pasados más de siete siglos desde la renuncia de Celestino V, el papa ahora dimitente fue a visitarlo en su tumba olvidada. Benedicto XVI le contaría que él pensaba hacer lo mismo, abrumado también por la pesada atmósfera de intrigas, corrupción, espionaje y graves desviaciones morales que se vivía en los pasillos del Vaticano y en el entorno universal de la religión. Hecho que amenazaba hacer zozobrar la frágil barca de San Pedro en medio del oleaje de este turbulento siglo XXI. Dijo el papa en el anuncio de su renuncia: “He llegado a la certeza de que, por la edad avanzada, ya no tengo fuerzas para ejercer adecuadamente el ministerio petrino”.

Uno de los principales objetivos de Benedicto XVI al iniciar su papado en el año 2005 fue el de reprimir los escándalos sexuales que se cometían en los predios religiosos, y que quedaban impunes. Estaba preocupado por la ola de pederastia que invadía, a todo nivel, el ejercicio sacerdotal. Y advirtió: “La Iglesia está en la obligación moral de entregar los criminales a la justicia”. Este lenguaje no se conocía. Desde entonces han pagado sus culpas, con cárcel y otros correctivos ejemplarizantes, muchos sacerdotes, obispos y cardenales malhechores. Tal proceder le acarreó al jerarca una rebelión interna patrocinada por altos mandos de la Iglesia. Quién lo creyera.

Los cuervos del Vaticano que destapó Eric Frattini hacían –¿y hacen aún?– de las suyas desde las cumbres del poder: filtraciones de documentos, fraudes en el Banco Vaticano (o IOR: Instituto para las Obras de Religión), guerra de los vatileaks y muchas maniobras más. Los cardenales Bertone y Sodano se mueven hoy con la fuerza del poder (también llamado politiquería) que ellos lideran y de la cual buscan lucrarse, cada cual por su lado, en los intríngulis que manejan la elección papal.

Ojalá haya llegado el momento de darle un viraje a la barca de San Pedro. La Iglesia debe reformarse. Debe interpretar los cambios convulsionados de la era moderna. Se necesita un verdadero líder que sepa encauzar la institución por rumbos seguros. Quiera el cielo, bajo el signo atmosférico que estalló en la cúpula de la basílica de Roma, que en este cónclave, crucial para la Iglesia, surja la fórmula milagrosa que lleve a la elección de un sabio conductor de la cristiandad, el cual no debería salir de ninguna de las listas tradicionales que hoy se pelean la primacía electoral.

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