Por: Nicolás Rodríguez

La era de la maicena

Las palabras de festejo del entonces presidente Belisario Betancur al recibir la ley de amnistía fueron las siguientes: “Han ganado ustedes la gratitud de Colombia entera. Gracias les sean dadas a todos los miembros del parlamento. ¡La historia se lo reconocerá!”.

Colombianos, dijo después Andrés Pastrana, “ustedes me dieron el mandato para hacer la paz y a ustedes les consta que no he dejado un solo día de trabajar por alcanzarla… aún a costa de mi popularidad, jugándome… mi lugar en la historia de Colombia”.

También Uribe quiso ser recordado como el que cazó al último guerrillero. Esa era su paz y así imaginó que debía entrar a la historia. Y ahora es Santos, de quien se volvió lugar común afirmar que lo que quiere es pasar a la historia, el que anuncia que “estamos ante la posibilidad más clara y real de paz de nuestra historia”.

Pobre paz y pobre historia con tanto protagonista queriendo condecorar o ser condecorado. Cuando Santos afirma que si el proceso se frustra, suya y de nadie más será la responsabilidad, vuelve y juega la megalomanía y el querer hacerse el imprescindible, el único, el candidato al Premio Nobel.

Y ahora, además, con la instrumentalización de un argumento de enorme fuerza ética: las víctimas, un actor social que pasó de agache en la ley de amnistía y que hoy, ya visible, es manoseado por los que se oponen al proceso de paz (porque irrespeta a las víctimas) y quienes lo defienden (para que no siga habiendo víctimas). Unos y otros, sin pudor alguno, quieren pasar a la historia en nombre de las víctimas.

Hasta cuándo, entonces, ese cursi deseo de querer convertir en material para el History Channel lo que debería ser una labor sobria, respetuosa y sin alardes. Creen ser lo más avanzado de su tiempo y no nos han sacado, siquiera, de la era del aplauso, la medallita y la maicena.

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