Por: Francisco Gutiérrez Sanín

La errática ruta del tigre

HACE YA MUCHO TIEMPO, ALGÚN líder local valluno me dijo que “uno sólo maltrata a los amigos, si lo hace con los enemigos se mete en un problema”.

Durante años consideré esta frase como un atisbo único para comprender la vida pública colombiana. Capta bien un aspecto del comportamiento de nuestros políticos contemporáneos. Acaso sea porque en las últimas décadas en nuestro país romper una alianza —con su denso tramado de complicidades y acuerdos por debajo de la mesa— pueda ser tan costoso como torear a adversarios potencialmente violentos. Se les corre la silla a líderes en decadencia —de quienes se sabe todo, a quienes se puede chantajear— pero no se provoca a culebras que meten miedo.

Nuestro Presidente y su círculo íntimo de poder potenciaron ese estilo —no se debe maltratar sólo a los amigos, sino a todo el mundo, siempre que se pueda— y lo convirtieron en método sistemático de gobierno. Es imposible de resumir en una columna la crónica accidentada de este su itinerario pendenciero; pero sí se pueden recordar algunos de sus momentos más espectaculares.  El agarrón en la plaza —y al estilo de plaza de mercado— con el profesor Moncayo, en vivo y en directo, reproducido después en versión ampliada y corregida a nivel interamericano; los intercambios de exquisiteces con Chávez —quien no se queda atrás—-; el ataque intimidante a Iván Cepeda y León Valencia; el escupitajo en la cara a los partidos uribistas —¿pero no hicieron todo para merecérselo?—-; la extradición abrupta de la cúpula paramilitar… Esta en estricto no es ni “amiga” ni “enemiga”, pero el Gobierno había atacado, de hecho con bastante brutalidad, a quienes sostenían precisamente las tesis con las que en días pasados se sustentó la decisión de extraditarla (¿se acuerdan del regaño a Alejandro Santos, director de Semana?). Todos, chiquitos y grandes, partidarios y adversarios, refractarios y entusiastas, institucionalizados o no, el vicepresidente y la Mechuda, han recibido su mandoble. ¿De pronto los auténticos amigos se sentirían tristes y olvidados si no les llegara? Como fuere, Santiago Rojas debería meterle una tutela al Presidente: es obvio y público ya que sus goticas no funcionan.

Por qué pueden Uribe y sus íntimos comportarse así, no es ningún misterio. Su enorme base social y electoral impiden que ningún político activo en sus cabales quiera enfrentarse directamente a ellos. Incluso la izquierda busca otros blancos más accesibles —y hace bien—.  Su condición de aliado estratégico de Estados Unidos en una región en que éste último se queda bastante solo también le da buen margen de maniobra.  Por qué quieren portarse así, es un poco menos obvio. El uso y abuso del comportamiento del pequeño bravucón electoral de barriada en la arena internacional entraña costos prohibitivos, no sólo para el Presidente sino para el país. Es verdad que internamente, tener a la mano amenazas creíbles fortalece aún más su posición. Pero a la vez va acumulando elementos que enrarecen el ambiente terriblemente. Como las razones por las que de pronto aflora el tigre —para utilizar una metáfora cara al Presidente, una metáfora que ningún presidente de la República hubiera debido utilizar— son enigmáticas y obedecen a las elucubraciones internas de un grupo pequeño que en la actualidad tiene pocas restricciones, los niveles de confusión e incertidumbre crecen rápidamente. ¿Cuánto hay en todo esto de cálculo racional, oculto en todo caso a la opinión, y cuánto de hubris, de arrogancia autodestructiva?

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