La Escombrera y Orión

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Día y medio sin poder despegarme de La sombra de Orión, a pesar de sentir escalofríos en la columna vertebral, la piel de gallina, los ojos secos de leer y empeñados en llorar, la garganta apretada y la quijada rígida, impactada hasta la médula.

Pablo Montoya lo confiesa en un reportaje a El País de Cali: “Quedé exhausto. Sentí que me estaba metiendo en un territorio muy oscuro, lleno de dolor, resentimientos, odios todavía vivos. Tuve que hacerme limpiezas espirituales y corporales hasta vomitarme a mí mismo”.

En La sombra de Orión no solo es Montoya como escritor el que se mete en ese territorio oscuro y escucha las voces salidas de La Escombrera, esas voces de cientos de desaparecidos enterrados y revueltos entre piedras, cemento, ladrillo y desechos, sino que me arrastró también a mí. Y creo que a todos los que leamos su libro. A menos que seamos de piedra, no podemos salir inmunes. No podemos seguir siendo los mismos de siempre. Algo cambió en el chip interno. Esa sombra de Orión también me perseguirá como colombiana hasta que se esclarezca la verdad y esas voces atrapadas y despedazadas por buldóceres y palas gigantes no se escuchen. Las voces de esos niños, esas mujeres, esos adolescentes arrancados de la vida y arrojados a la fosa común más grande de América Latina sin ninguna razón.

Esa sombra que oscurece todavía nuestro país, esa impunidad, esa indiferencia con que seguimos caminando por la vida como si nada hubiera sucedido, con la conciencia ya anestesiada por haber vivido rodeados de tanta sangre derramada. Personalmente, desde que me acuerdo, la violencia siempre ha estado a mi alrededor, compañera de camino. Soy una narcotizada más de los millones de colombianos que desde que nacimos estamos condenados a vivir entre las masacres y el odio.

No sé por qué llamaron Orión a esta operación conjunta de exterminio del Estado y los paramilitares. Semejante constelación, la más brillante y bella del universo. Han bastardeado su nombre, cubriéndolo de sombra. O tal vez por el mito, donde era un gigante grotesco y malvado.

Un libro que hay que leer, así nos lastime el alma, porque literariamente está lleno de luces y esperanza. Una prosa tajante, sin cuidados paliativos ni adornos, que nos muestra esa Medellín sufrida, esa Medellín mentirosa, esa Medellín retorcida que no quiere escuchar las voces de sus muertos. Pasan fiscales, gobernadores, alcaldes... y ya casi son 20 años de tapar y tapar, pero los muertos siguen hablando, como en Comala, y no descansarán en paz hasta que los escuchen.

Pablo Montoya es uno de nuestros mejores escritores. Con este libro creo que también hace la catarsis de su dolor, pues a su padre lo asesinaron los del Eln. Le agradezco haberme pellizcado de nuevo y hacerme rebelar ante tanta impunidad. Eso quiere decir que sigo viva y que siento ese dolor dentro del alma.

Posdata I. La sombra de Orión es un libro para que recordemos siempre nuestra historia, la oscura, la que nos duele. ¡Para así poder cambiarla, algún día ver la luz y conocer la verdad! La herida sigue abierta. ¡Gracias a la JEP y la Comisión de la Verdad por su trabajo incansable, por remover esa “escombrera”, escuchar a los sobrevivientes, a los familiares de esas víctimas, y mostrar pruebas de este horror!

Posdata II. Montoya lo reconoce: “Escribí esta novela para estrujar las conciencias”. ¡Y lo logró!

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