Por: Héctor Abad Faciolince

La escuela católica

En el colegio católico donde estudié aprendí a hacer muchas cosas no por gusto, sino por obligación. Tal vez por eso creo tan poco en la educación libertaria (haz solo lo que quieras, lo que te dé la gana): he aprendido que muchas veces lo más satisfactorio (lo más placentero, lo que más ha enriquecido mi vida) ha sido lo obligatorio. Aprendí a nadar porque me obligaron a hacerlo; no aprendí a tocar un instrumento musical porque no me obligaron, y hoy lamento que no me hubieran obligado; me aprendí poemas de memoria por obligación (y todavía son una de mis mejores compañías). Muchos de los platos que hoy más disfruto los probé porque me los embutieron a la fuerza. El mismo alcohol, al que tanto gusto le saco y que tantas inhibiciones me quita, no lo probé de gusto, sino porque los amigos me obligaron a probarlo. Y podría seguir la lista hasta volverla del tamaño de este artículo.

Casi todos los años los organizadores del Hay Festival me obligan a leer libros que yo no hubiera leído de gusto. Que me hubieran espantado por algo tan banal como su tamaño. Hace un par de años, por ejemplo, tuve que leer Patria, de Fernando Aramburu, una novela que en principio me asustó porque era gorda como un ladrillo y que al final se reveló como un gran mural sobre los chantajes, la hipocresía y las complicidades imperdonables con el terrorismo. Y este año el Hay redobló la apuesta: me mandó una novela que era casi el doble de la de Aramburu: 1.294 páginas en gran formato y con letra menuda: La scuola cattolica, de Edoardo Albinati, un escritor italiano a quien nunca antes había oído nombrar. Pues no saben cuánto le agradezco y le voy a agradecer al Hay esta obligación: La escuela católica es un libro extraordinario porque es mucho más que una novela: es un tratado persuasivo, exhaustivo, a veces incluso exasperante, sobre la naturaleza humana.

La novela avanza muy despacio, con dosis muy pequeñas, casi homeopáticas, de trama novelesca, al tiempo que (con ese anzuelo de un crimen horrendo que tarde o temprano tendrá que ocurrir, crónica de un horror anunciado) Albinati se permite propinarnos, con asombro creciente, un ensayo tras otro sobre la sexualidad masculina, sobre la femenina, sobre la convivencia matrimonial, sobre la educación segregada, sobre los verdugos que producen víctimas y sobre las víctimas que engendran sus verdugos, sobre la educación católica, sobre la tan extraña y tan poco natural moral cristiana, que quizá por eso mismo ha fascinado a un porcentaje tan alto de la humanidad.

¿Para qué leemos? ¿Por qué vale la pena leer un día tras otro, durante semanas, un mismo libro? Hay quienes lo hacen para distraerse; otros, para divertirse; otros más, por puro placer o por pura obligación. Yo creo que las lecturas que más me fascinan (que más placer me dan, en últimas, e incluso más diversión) son las que me producen la sensación de que estoy entendiendo un poco mejor el mundo: la naturaleza de las cosas y, dentro de esas cosas, las que por costumbre de la especie más nos inquietan y nos interesan: los seres humanos, la naturaleza, las inclinaciones, los misterios de este curioso animal con instintos y conciencia ética, los homo sapiens.

Para quien, además, estudió en una escuela católica segregada por sexos, absolutamente masculina, en la que apenas había un par de secretarias y una vendedora de mecato en la tienda escolar, la experiencia de entender (en retrospectiva) lo que allí estaba en juego, los mecanismos de poder, violencia, humillación, competencia, triunfo y derrota que allí se manifestaban, es fascinante comprender lo doblemente difícil que fue para nosotros acceder a ese otro universo, alternativo y opuesto, casi inaccesible: el de lo femenino. Si les interesa saber, si les interesa entender, no se pierdan estas minuciosas y valientes páginas, aunque sean tantas, como les digo, mil doscientas noventa y cuatro. Cada una tiene una idea o una sensación; cada una vale la pena.

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2020-01-05T00:00:47-05:00

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