Por: Rodrigo Uprimny

La esperanza de la democracia local

La posesión de muchos mandatarios locales renovadores permite una razonable esperanza de que Colombia mejorará en 2020. Aunque cosas semejantes pueden decirse de otros alcaldes y gobernadores electos con programas reformadores, en esta columna me centro en Claudia López, no solo porque soy bogotano, sino porque creo que su elección es histórica en muchos sentidos.

Primero, por la persona: fue electa para el segundo cargo popular más importante de Colombia una mujer, abiertamente lesbiana, de origen popular, hecha a pulso y con una trayectoria académica y pública impecables; una persona que además ha enfrentado mafias y corrupciones con una valentía ejemplar.

Segundo, por sus banderas: la agenda de López es muy atractiva, aunque debe atormentar a los politólogos que no deben saber cómo calificarla, pues combina estrategias que parecen de derecha, como su insistencia, que comparto, en la importancia de mejorar la seguridad, con otras más de izquierda, como su lucha contra las desigualdades y discriminaciones, y su defensa de Bogotá como la capital de la reconciliación, la reintegración de excombatientes y la atención a las víctimas. Muestra además gran conexión con las nuevas agendas de los jóvenes, como la defensa del ambiente y el combate a la corrupción.

Tercero, por su discurso de posesión, que es una pieza ejemplar tanto por su forma (es un texto bello) como por su contenido. López inspira, por ejemplo, al inventar la metáfora de la generación bogotana del “medio milenio” (quienes nacen en 2020 y llegarán a ciudadanos en 2038, cuando Bogotá cumpla 500 años), o al proponer un “contrato social intergeneracional que sea a su vez un pacto definitivo por la igualdad, el desarrollo sostenible y la reconciliación”. Pero no se queda en una gran narrativa inspiradora sino que es también concreta en los detalles, al desarrollar sus cinco metas de gobierno, por ejemplo, hablando con precisión de la red Regiotram para mejorar la movilidad. Y dialoga con el mundo, al alinear su alcaldía con los Objetivos de Desarrollo Sostenible pactados en Naciones Unidas, pero con los pies bien puestos en los temas locales y regionales.

Cuarto, por los símbolos renovadores: poco antes de posesionarse se casó con Angélica, dando un nuevo impulso a la superación de las discriminaciones en Colombia. Y su posesión en el parque Simón Bolívar, en picnic y con concierto a bordo, fue incluyente y refrescante. Que su madre fuera quien le puso la banda de alcaldesa fue conmovedor.

Quinto, por su equipo de gobierno, que es ética y técnicamente de gran calidad, aunque se nos haya llevado a nuestra querida Diana Rodríguez, a quien extrañaremos profundamente en Dejusticia.

Finalmente, por su profunda visión de la democracia: López sabe que fue elegida por unas mayorías y con un programa de gobierno que piensa cumplir. Sin embargo, desde que fue electa actúa como la alcaldesa de todos los bogotanos (y no solo de sus electores) y señaló que está dispuesta a corregir y a oír con respeto a la oposición y a la democracia de las calles y de las protestas. Una gran enseñanza para Duque.

La posesión de Claudia López y la de otros mandatarios locales renovadores es esperanzadora. Pero los desafíos son enormes y quisiera señalar dos: primero, uno más general: ¿cómo lograr una colaboración fructífera entre un Gobierno Nacional de derecha y mandatarios locales con otras orientaciones políticas? No es fácil.

El segundo es más personal para quienes estamos en la sociedad civil: nuestro desafío es mantener frente a estos gobiernos locales, cuyas agendas nos son próximas, toda nuestra independencia crítica. Obviamente debemos destacar sus aciertos, pero no podemos dejar de criticar sus eventuales errores.

* Investigador de Dejusticia y profesor de la Universidad Nacional.

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