¿Qué se sabe de la recaptura de Aida Merlano?

hace 1 hora
Por: Eduardo Barajas Sandoval

La estrella opaca de la OTAN

El presidente de Francia salió de entre la niebla que ha envuelto las actuales relaciones transatlánticas desde la llegada de Trump, para decir que la OTAN está cerebralmente muerta.

Algo que muchos habían sentido, pero sobre lo cual habían guardado silencio. Como razón fundamental destacó precisamente el compromiso menguante con la Alianza por parte de los Estados Unidos, su garante principal como potencia con intereses globales.

Ya desde la campaña presidencial, y para dicha de los clientes del populismo de nuevo cuño que adora los timonazos nacionalistas, y en este caso el discurso de la “supremacía americana”, Trump había roto el tabú del respeto cuidadoso por los socios europeos de los Estados Unidos en materia de defensa, cuando criticó abiertamente las contribuciones desiguales a la financiación de la seguridad común.

Una cadena de gestos y declaraciones en el mismo sentido vino a tener su manifestación más sobresaliente con el retiro de las tropas de los Estados Unidos instaladas en Siria, sin consultar con los demás miembros de la OTAN. Gesto súbito que facilitó a Turquía, otro miembro clave de la Alianza, obrar también motu propio, entrar impunemente en Siria y desalojar a los kurdos de una importante franja de territorio, después de que éstos últimos habían ayudado tanto a Occidente en la lucha contra el Estado Islámico. Turquía con su frontera asegurada, kurdos una vez más traicionados, y OTAN desconocida.

Macron, que ya había criticado el abandono de los kurdos, y la falta de respuesta de la OTAN al gesto turco en Siria, también dijo que los europeos, en esos términos, no pueden confiar en que los Estados Unidos sostengan el compromiso con la alianza que se había establecido precisamente para defender, como elemento sustancial del contexto de la Guerra Fría, la seguridad común de los europeos y los norteamericanos. Con toda razón, en vista de las circunstancias, pidió que los europeos evalúen la realidad de la OTAN ante el comportamiento de su principal garante y consideró que, por lo tanto, deberían comenzar a tener conciencia de su propia significación en la geopolítica del mundo de hoy y asumir el control de su destino.

Angela Merkel no estuvo de acuerdo con la contundencia del argumento de Macron, y dijo que las palabras del francés habían sido muy drásticas. Pero nadie sabe si en el fondo sintió el mismo alivio de muchos europeístas silenciosos que estaban esperando que alguien se manifestara en denuncia del debilitamiento de la OTAN y en favor de un esquema europeo de defensa y seguridad adecuado a la realidad. Bueno es recordar que, en plena campaña para su última elección, Merkel dijo a voz en cuello que deseaba buenas relaciones con los Estados Unidos y la Gran Bretaña, lo mismo que con Rusia, pero que los europeos deberían “tomar su destino en sus propias manos”.

Es entendible que la OTAN no podía seguir siendo la misma a partir de la caída del Muro de Berlín y el desmantelamiento de todo el bloque que justificó su fundación. Su principal tarea ya no podía ser la de contener a Rusia y sus aliados. Pero, eso sí, cuidadosamente buscó ampliar su membresía hasta incorporar a países miembros del antiguo Pacto de Varsovia, su equivalente del lado oriental a lo largo de la Guerra Fría. Como es el caso de Polonia, República Checa y Hungría, e inclusive países provenientes de la propia URSS, como Lituania y Latvia. Además de admitir otros socios de origen anteriormente opuesto, como Eslovaquia, Eslovenia, Albania y Rumania.

En el año 99 pusieron a la OTAN a bombardear a las fuerzas de lo que quedaba de Yugoslavia en el Kosovo. Con motivo de la invasión de Irak en 2003, fue ignorada para efectos de la acción militar, a pesar de que sus protagonistas eran miembros principales. Después la pusieron a entrenar militares iraquíes; papel muy secundario después de haber sido símbolo de la máxima suma de poderío en la historia. Más tarde, fue puesta al comando de fuerzas de paz en Afganistán, con el argumento de la necesidad global de contrarrestar el terrorismo.

Hasta que en una reunión definitiva, en Lisboa, se adoptaron “nuevos conceptos estratégicos”, con la mirada puesta en nuevas amenazas, como pueden ser los ataques cibernéticos, además de adoptar la idea norteamericana de completar un nuevo escudo de defensa en la frontera europea, interpretado obviamente como una afrenta por Rusia. Y finalmente la pusieron a hacer cumplir una zona de sobrevuelo prohibido sobre Libia. Hasta que llegó Donald Trump con sus reclamos.

Conforme a su “marca”, las diferencias explícitas de Trump con los europeos, en torno a la OTAN, no radican en asuntos de profundidad, que parece no entender, sino en asuntos financieros, cuando les reprocha el no gastar tanto como deberían en su contribución a la Alianza. Reclamo en el que estrictamente puede tener razón, excepto en cuanto a Grecia, Gran Bretaña y otros cuatro, sin que se pueda olvidar que los Estados Unidos como potencia de dimensiones globales, tiene necesidades que exceden el ámbito europeo, como lo demuestra el hecho de que su aporte a la defensa de Europa no alcanza el seis por ciento de sus gastos en la materia, según estudio del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos de Londres.

Es entendible que los retos estratégicos de la OTAN son ahora más cambiantes que nunca. También son más sutiles, y mezclan aspectos militares con asuntos científicos, de información, desinformación, y otras formas de acción, como el desprestigio institucional y el manejo de la migración informal y el terrorismo. Con el capítulo inevitable de los aciertos o las equivocaciones respecto de Rusia, que observa cuidadosa cada movimiento de la Alianza Atlántica y se prepara, por si acaso, para defender sus intereses, un poco a la manera tradicional de la Guerra Fría. Situación altamente preocupante para la paz del mundo, como lo ha advertido Mihail Gorbachov.

En el cruce de fuegos entre sus propios miembros, lo mismo que frente a fenómenos internacionales que involucran tanto Estados como organizaciones criminales, y de crisis humanitarias que los políticos no han sido capaces de arreglar, la estrella de la Organización del Tratado del Atlántico Norte, parece sufrir de una opacidad que, por supuesto, su Secretario General Jens Stoltenberg no está dispuesto a aceptar, en un mundo en el que, inclusive en Europa, el uso de la fuerza no ha desaparecido como mecanismo para mover fronteras y consolidar dominios, en contra de los principios de libertad y democracia que han unido a sus miembros.

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La estrella opaca de la OTAN

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