Por: Hernando Roa Suárez
Construir democracia

La estructura mental y la construcción de la paz

Estamos invitados a construir la paz y nunca jamás a propiciar la guerra; nunca jamás a propiciar el odio entre los colombianos.

Hace decenios, cuando inicié el apasionante proceso de aprender a aprender con los educandos, comencé paulatinamente a comprender que, ante la injusticia social estructural, no bastaba conocer y propiciar los cambios a emprender en lo político, económico, social, cultural, ambiental e internacional. Existía y existe una variable indispensable que frecuentemente los científicos sociales y los líderes políticos democráticos olvidamos: era y es necesario pensar en el cambio en la estructura mental.

Gracias a la intervención de uno de los más brillantes discípulos que he tenido, recordamos, en un palique reciente en la Academia Colombiana de Jurisprudencia, la importancia que —para avanzar creativamente en la cristalización de nuestro proceso de paz— tiene el organizar y propiciar el cambio en la estructura mental. Revisando valores centrales de la sociedad contemporánea, podemos encontrar que hemos sido educados prioritariamente con una profunda conciencia egoísta. Se nos ha impulsado a prevalecer en el yo, me, mi, para mí, conmigo, como un paradigma fundamental para el afianzamiento de la personalidad y el desarrollo cerebral normal. Grave error histórico-estructural; desde Aristóteles se fundamentó que los seres humanos somos seres políticos y, por tanto, su realización plena está íntimamente imbricada con nuestra vocación como seres solidarios.

Notemos que la más profunda, la más difícil, la más compleja de las reformas a emprender es la mental, porque lo que está en juego es la libertad humana. Pero esa reforma se verá limitada si se nos despersonaliza mediante los medios de comunicación, las redes sociales, la civilización del consumo, la expresión práctica de la subcultura de la posverdad, los conformismos, los slogans baratos y la práctica de la irresponsabilidad… que conducen finalmente a la cosificación de lo humano.

Frente a la complejidad del proceso de paz, nos equivocamos —de punta a punta— si pensamos que la paz a construir en Colombia es una controversia entre los liderazgos de Santos y de Uribe; profundo error que ha conducido a la confusión, la abstención, el fanatismo, la exclusión, el engaño, la corrupción y la manipulación, particularmente, de los sectores mayoritarios de nuestra población.

Pensando en alternativas, podemos impulsar, especialmente desde el interior del sistema educativo y la familia, vivir el humanismo que implica la conversión de lo humano: del egoísmo a la donación; de lo individual a lo social; de lo individualizante y colectivizante a lo personalizante y comunitario. Del egoísmo que suscita el individualismo en el cual estamos inmersos, a la generosidad eficiente y eficaz. Estamos invitados a no olvidar que la reforma en la estructura mental exige que el ser humano pueda desarrollar su personalidad, su carácter, en fin… “se trata de obtener lo mejor de nosotros mismos” (Gandhi); de nuestras personas. Y la persona, síntesis excepcional de la evolución de la Tierra, ha de caracterizarse por la conquista y el ejercicio de su libertad.

Observemos que la reforma de la estructura mental podría llevarnos a que cada uno pueda confirmar —con su vida— estas simples palabras: Estoy presente aquí; soy una persona comprometida con el proceso de paz. Entonces, estamos convocados a avanzar en la defensa de lo humano; estamos invitados a enfrentar seriamente la injusticia social estructural, para contribuir —cada uno a su manera— con lo mejor de la creatividad y la responsabilidad democrática para consolidar la paz e impedir que la cultura egoísta, guerrerista e impregnada de odio y de violencia sea la que oriente los destinos políticos de nuestra gran Nación.

Y entonces, al descender al momento presente de Colombia, nos encontramos con un serio esfuerzo histórico de lo mejor de la colombianidad y, liderados por el presidente Santos, continuamos el proceso de implementación de los acuerdos firmados en La Habana, Cartagena y Bogotá. Magnífica tarea que compete impulsar, sobre todo a los demócratas, contando —por supuesto— con el excepcional y manifiesto apoyo internacional de los gobiernos más importantes del mundo contemporáneo, así como con el de Naciones Unidas, la OEA, Unasur y la Unión Europea. Los demócratas nos encontramos ante una oportunidad única desde 1930, cuando Colombia ingresó —tardíamente— a la modernidad.

Tengamos en cuenta que el proceso de construcción de la paz en Colombia conlleva implementar seria, técnica y democráticamente los acuerdos en los próximos decenios. Tenemos que pensar cuidadosamente cómo desarrollar los preceptos democráticos plasmados constitucionalmente, para que las mayorías de la población puedan disfrutar de la solidaridad práctica que emerge de una democracia activamente participante. No olvidemos: estamos invitados a construir la paz y nunca jamás a propiciar la guerra; nunca jamás a propiciar el odio entre los colombianos. El Maestro Echandía, con su sabiduría, eticidad y autoridad moral, tenía razón: “El odio ha sido el opio de los colombianos”.

Complementariamente, me inclino a pensar que implementar el cambio en la estructura mental conlleva apoyar los nuevos liderazgos no comprometidos con el enriquecimiento personal y familiar realizado por politiqueros que han desvirtuado el fin primordial de la política (servir) para convertirla en “empresas electorales” corruptas. ¡Qué significante oportunidad tenemos en 2018! Pensemos, planeemos y actuemos con responsabilidad histórica; fortalezcamos nuestra democracia participando creativamente —como ciudadanos— en el proceso electoral.

* Miembro de La Paz Querida[email protected]

 

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