Por: Augusto Trujillo Muñoz

La ética de la economía

Hace pocos días en razón de charlas sueltas que, sobre el desarrollo regional, sostuve con directivos de las Cámaras de Comercio del Tolima Ibagué, Espinal y Honda me vino a la memoria un viejo libro cuyo título siempre me resultó sugestivo: “Más allá de la oferta y la demanda”. Su autor es Wilhelm Röpke, un polémico economista alemán de la primera mitad del siglo anterior.

Nunca volví a toparme con el libro, pero recuerdo bien que sus páginas insistían en la necesidad de privilegiar el contenido ético de la ciencia económica, en un momento en que el capitalismo dinamizaba sus fuerzas y comenzaba a asordinar las regulaciones que se impusieron, en casi todo el mundo, a raíz de la gran crisis universal de 1929.

En la segunda mitad del siglo apareció en Estados Unidos un equipo de estudiosos –Coase, Calabresi, Posner- de una nueva disciplina que se llamó “análisis económico del derecho”. Al menos en su versión clásica, se interesó por explicar el efecto de las normas jurídicas sobre las distintas expresiones del mercado. Al parecer se interesó menos por el aspecto ético de la economía.

Con el Director de la Cámara de Comercio de Honda, William Calderón, convine estudiar un poco el tema que –a propósito de la situación de la caja cooperativa “Cooperamos”- venían impulsando Armando Polanco en Ibagué y Jaime Eduardo Melo en el Espinal. Ellos quieren gestionar el progreso económico del Tolima, pero no lo conciben sin atender a su situación social y al desarrollo espiritual de su gente: les preocupa la ética en la economía.

Igual preocupación tuvieron diversos pensadores, a partir de los enfrentamientos sociales que trajo consigo la revolución industrial. De ese fenómeno de progreso desequilibrado surgieron agudos conflictos políticos, pero también surgió el sistema cooperativo. Y con él se comprometieron no pocos colombianos ilustres a lo largo de la última centuria.

El general Rafael Uribe Uribe, por ejemplo, proclamó su vocación cooperativa desde 1904. Doce años más tarde el general Benjamín Herrera como ministro de agricultura presentó el primer proyecto de ley sobre cooperativismo. Años más tarde algunos sindicalistas de izquierda aplaudieron el tema y, luego, la república liberal se inauguró aprobando la ley cooperativa nº134 de 1931.

Al anterior listado de propuestas y realizaciones de los principales voceros de las políticas sociales que tuvo el liberalismo en la primera mitad del siglo XX, se suman distintas declaraciones de la iglesia católica y de dirigentes conservadores de la época, en términos que convirtieron al cooperativismo en un sistema respaldado por amplio consenso.

Por desgracia –también en Colombia- la segunda mitad del siglo XX asordinó el avance cooperativo. Unos prefirieron apostarle al mercado libre y otros a la planificación centralizada. Sólo al despuntar la actual centuria vuelve a tener espacio el tema, dentro del marco constitucional de un estado social de derecho con economía social de mercado.

Ese es el escenario que están aprovechando quienes en las mencionadas Cámaras de Comercio le apostaron a la reactivación de “Cooperamos”, caja que durante más de veinte años sirvió a la región, hasta que fue intervenida por la Superintendencia en el año 2000. Las autoridades de Ibagué y del Tolima, la gerente-liquidadora, Ángela Parra, el ex ministro Juan Lozano con su equipo más próximo, se comprometieron con la iniciativa de reactivarla, hasta convertirla en realidad.

Vale la pena destacar esa gestión como un ejemplo. El Tolima ha devenido en una sociedad fracturada cuya ausencia de clase dirigente produjo la contrapartida de una preocupante indiferencia ciudadana. Por eso perdió peso específico en el concierto del país. Pero si las Cámaras de Comercio asumen un necesario nuevo liderazgo, ayudarán a recuperar el hilo perdido del desarrollo regional. No sólo por su carácter empresarial sino por su condición cívica y, sobre todo, por su naturaleza local/regional. Allí puede estar el secreto de su éxito.

En estos tiempos de crisis en que al mercado libre se le responsabiliza de tantos desajustes, pero sin aceptarse plenamente la necesidad de recuperar el estado interventor, el sistema cooperativo podría estar en condiciones de hallar respuestas solidarias en materia de desarrollo económico y social. No quiero decir que el estado dejó de ser actor estratégico del progreso, pero sí que las soluciones concretas han de partir de la iniciativa comarcana.

Ex senador, profesor universitario.

atm@cidan.net

 

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