Por: Columnista invitado EE

La Eurozona: ¿en la dirección equivocada?

Por: Matthias Herdegen*

La zona euro ha tomado el camino errado, dirigiéndose hacia el abismo de una comunidad de solidaridad por deudas. La solidaridad de todos los Estados miembros conlleva riesgos. Desde el punto de vista político, podría profundizarse la brecha entre la zona Euro y el resto de la Unión Europea.

Las propuestas del presidente francés, Emmanuel Macron, y las ideas de la Comisión Europea, tienen por fin un cambio tenue y a la vez profundo en la Unión Económica y Monetaria (UEM). El cambio sugerido pondría punto final al peculiar estado de incertidumbre, aún dominante, entre la responsabilidad individual de los Estados deudores y una comunidad de responsabilidad por deudas. El paralelismo del riesgo y la responsabilidad asumidos, elevaría la solidaridad de los Estados miembros a nuevo principio rector. Las reformas darían un giro radical al sistema establecido por el Tratado de Maastricht que, valga decirlo, viene estremeciéndose desde hace tiempo. Y es que la convergencia y homogeneidad económica de los países de la zona euro, que había sido prevista como el fundamento negocial de la Eurozona, se transformaría ahora en el fin último de la Unión Monetaria y, en consecuencia, en una carga permanente para los Estados miembros.

También desde un punto de vista político, un presupuesto propio para la Eurozona acabaría de profundizar la brecha entre la Eurozona y el resto de la Unión Europea. Su sentido radicaría en el apoyo a países débiles y en la comunitarización de riesgos que, a fin de cuentas, son de responsabilidad nacional. Al mismo tiempo, la alternativa de alimentar las finanzas de los Estados Euro que se encuentren en crisis a través del presupuesto de la Unión Europea, implica cargar sobre la espalda del contribuyente riesgos que están en manos de gobiernos extranjeros, es decir, de gobiernos que los contribuyentes no han elegido ni pueden revocar. El contribuyente alemán, por ejemplo, tendría que asumir los costos de decisiones de riesgo tomadas por el gobierno griego, español o italiano.

En cuanto a la idea de un Ministro de Hacienda europeo, que viene cocinándose en Bruselas, falta claridad acerca de si dicho funcionario actuaría como un moderador de intereses políticos mediterráneos o como una fuerza de control, con injerencia en la soberanía presupuestal de cada Estado. Otro reclamo que está tomando fuerza es la conversión del Mecanismo Europeo de Estabilidad en un Fondo Monetario Europeo, con la función de mitigar choques externos, lo que permitiría a Estados deudores acceder a voluntad a los gigantescos recursos del fondo.

En su conjunto, estas reformas acrecientan el “riesgo moral”, transformando la solidaridad en un incentivo para la adopción de un comportamiento no solidario frente al riesgo. De la misma manera, de conformidad con los planes de la Comisión Europea en cuanto a la comunitarización del sistema de garantía de depósitos bancarios, los bancos y depositantes en países con alta estabilidad financiera asumirían responsabilidades por las ya conocidas deficiencias del sector bancario en otros Estados miembros. Adicionalmente, los bancos acabarían financiando de manera indirecta las estrategias de alto riesgo que adopten sus propios competidores.

Las propuestas desarrolladas en París y Bruselas requieren una modificación formal de los acuerdos internacionales que constituyen el fundamento de la Zona Euro. En Alemania, dicha modificación requiere aprobación, por mayoría de dos tercios, del Parlamento alemán (Bundestag) y del Consejo Federal (Bundesrat). A pesar de ello, la Comisión Europea espera poner en funcionamiento el sistema europeo de garantía a través de un proceso legislativo simple. Estas circunstancias reflejan un problema particular de la política alemana en materia europea, que parte de la idea de la UE como una “comunidad de derecho” sujeta a límites competenciales previamente establecidos.

En ocasiones anteriores, Berlín ha tomado inicialmente posiciones jurídicas firmes sobre este tema, insistiendo en la necesidad de modificar el Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea. Pero en el proceso de negociaciones en Bruselas, el Gobierno alemán termina aceptando medidas legislativas que antes había considerado como excesos de competencia. Así ha ocurrido, por ejemplo, con respecto a la supervisión bancaria a nivel europeo y la idea de un Fondo Único de Resolución (FUR). Lo mismo podría ocurrir en el futuro cercano en relación con el sistema europeo de garantía de depósitos. De ahí surgen patrones de comportamiento, en que el argumento jurídico se ve debilitado por la disposición del Gobierno a sacrificarlo frente a la oportunidad política.

En relación con los bonos de deuda pública, en los últimos años, en la Unión Europea ha tomado impulso el deseo de comunitarizar riesgos. La titularización concentrada de las necesidades de diferentes Estados Euro (European Safe Bonds), que parece ser la variante de bonos europeos de deuda pública preferida por Bruselas, trae consigo la socialización de primas de bajo y alto riesgo para las distintas probabilidades de incumplimiento. Por este medio también se debilita el vínculo que debe existir entre responsabilidad por el riesgo y responsabilidad por la deuda pública contraída. Como consecuencia de la escasa eficacia de tales instrumentos, en una crisis de deuda pública crecería la presión política en favor de la creación de “Euro bonos”, que conllevan una responsabilidad solidaria por pago de todos y para todo.

Estas preguntas son fundamentales para el ordenamiento europeo. El fundamento del sistema de Maastricht radica en un modelo racional, en que el riesgo y la responsabilidad van de la mano. Dentro de este modelo, el mercado refleja una política nacional que va más allá de las condiciones del mercado propiamente tales, y que puede tener consecuencias tangibles para el ciudadano. El modelo opuesto consiste en el dogma presupuestario de la gestión del mercado y la acumulación de medios financieros bajo la dirección del Estado, y se dirige hacia a la estimulación de la inversión y la cobertura de costos derivados de defectos sistémicos. En las últimas semanas, los dos grandes partidos políticos alemanes, CDU y SPD, han estado negociando las condiciones bajo las cuales estarían dispuestos a unir esfuerzos para formar un nuevo gobierno. En una gran coalición de ambos partidos muy probablemente se reencontrarán los dos modelos aquí discutidos. Inclusive, el documento en que CDU y SPD toman posición sobre pagos adicionales para estabilizar la zona Euro deja un amplio espacio para la interpretación. Esto indica una falta claridad sobre el rumbo que se quiere tomar.

El debate trae a la memoria, al menos en cierta medida, una de frase de Mark Twain: “al perder el rumbo, doblamos la velocidad”. Esta no puede, ciertamente, ser la divisa de una reforma de la Unión Europea y tampoco puede convertirse en la máxima de actuación de un nuevo Gobierno alemán.

 

* Director de los Institutos de Derecho Internacional y de Derecho Público de la Universidad de Bonn, Alemania.
Versión castellana adaptada del artículo original (en alemán), publicado en el Handelsblatt.

 

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