Por: Santiago Villa

La explosión distendida

Mozambique podría estar reiniciando su guerra civil en cámara lenta. Aunque el país está a tiempo de impedir su detonación definitiva, los fundamentos de la paz son frágiles.

Mozambique se volvió un país bipolar. Sus costas tienen algunas de las playas más bellas del mundo y a pocas cuadras del mercado de pescados de Maputo, uno de los atractivos turísticos imperdibles de la capital por la calidad de sus mariscos, se inauguró a principios de este año el hotel de cinco estrellas Radisson Blu, con habitaciones cuyo costo es de mínimo 200 dólares la noche. En el centro de la ciudad hay una vistosa hilera de boutiques con las marcas del lujo globalizado.

Su capital, Maputo, ha cambiado mucho y no ha cambiado en nada desde el 2008, que fue la primera vez que visité Mozambique. En ese entonces los almacenes estaban vacíos o abandonados. El comercio formal era prácticamente inexistente. En lugar de tiendas había telas extendidas sobre las aceras más transitadas, y las transacciones se hacían con una moneda (el meticais) que estaba tan depreciada que hasta los precios más bajos implicaban cifras de siete dígitos. Los ojos de los comerciantes brillaban de gusto cuando uno les pagaba con moneda sudafricana en lugar de la local.     

Aunque en cinco años la Maputo del turista y del mozambicano adinerado se ha transformado al punto de ser casi irreconocible a la de antes, más allá del centro empresarial y turístico la miseria viene a ser la misma de antes; y más allá de la capital, el país sigue siendo uno de los más pobres del mundo.

El milagro del gas natural y del carbón ha generado tasas de crecimiento anuales de entre 7 y 8 por ciento en un país que está entre los 5 más pobres del mundo.

En Maputo se ve la plata, siempre y cuando el visitante se mantenga en el centro de la ciudad. En Mozambique se nota el dinero, si usted visita las costas turísticas.  De resto, la pobreza sigue siendo exactamente la misma, y en las ciudades es incluso peor por el aumento de precios que ha generado la minería.

Hay dos consignas que son recurrentes. A menudo las escucho en funcionarios de pensamiento económico liberal o en boca de empresarios. La primera es una obviedad: que no puede haber distribución de la riqueza si no hay riqueza para distribuir. La segunda es falsa: que la repartición de la riqueza opera como la ley de la gravedad. Si hay dinero arriba, eventualmente baja.

A Mozambique entró el dinero y se quedó arriba. Los precios subieron y los salarios no. Los arriendos en Maputo están casi al mismo precio que los de Bogotá y el ingreso per cápita de Colombia es diez veces mayor que allá.

Las elecciones locales se realizaron la semana pasada en un ambiente de zozobra, porque el 20 de octubre el principal partido de oposición (Renamo), que fue el contendor del partido de gobierno (Frelimo) durante una guerra civil de 15 años (1977 – 1994), dijo que se retiraba de los acuerdos de paz y que no participaba en las elecciones.

La situación es ambigua. Mozambique está otra vez en guerra civil, pues una de las partes no acepta el acuerdo de paz, pero Renamo no ha hecho más que unos ataques marginales a puestos de policía y, aparentemente, algunos secuestros. Las votaciones transcurrieron con normalidad y ganó el partido de gobierno, Frelimo, en casi todas las provincias y ciudades.

Sin embargo, los líderes de Renamo dicen que no son responsables por todos los hechos violentos, y hablan de unidades que se les escapan a su control o que sencillamente proceden a nombre suyo sin hacer parte del grupo. El líder de Renamo solicitó ayer a Naciones Unidas la presencia de cascos azules como garantía para re-iniciar los diálogos en torno al acuerdo de paz que firmaron hace veinte años.

Lo que me interesa resaltar no son las razones políticas que motivan el descontento de los dirigentes de oposición, ni la historia de la guerra civil, sino la bomba de tiempo social que hace posible una situación de este tipo. Si estalla una nueva guerra civil los combatientes ciertamente no serán los mismos de la guerra pasada. Serán niños y jóvenes que nacieron después del 94 o que eran bebés cuando se firmó la paz, y que hoy no tendrían mejor opción que la guerra. En Mozambique hay muchos. Suficientes como para iniciar un conflicto.

El sábado fue secuestrado en Maputo, la capital, un joven de 22 años de la élite local. No es el primer secuestro que se produce y parece no hacer parte de la violencia política. Las tensiones sociales comienzan a desbordarse en criminalidad.

Son algunos ingredientes del coctel social que enfrenta uno de los países con el crecimiento económico más sólido de África.

Por último, actualizo la situación que sobrelleva Ludys Pedraza, la abogada de las víctimas desplazadas en tierras del Cesar y La Guajira donde hoy hay minería de carbón. Han transcurrido dos meses desde que se le redujo su esquema de seguridad. El 18 de noviembre, luego de que la abogada le solicitara a la Unidad Nacional de Protección que le explicara por qué el Comité de Evaluación de Riesgo y Recomendación de Medidas (CERREM) consideraba que ya no corría el mismo riesgo que hace un año, respondieron que era información reservada. Sin más. La doctora Pedraza debe iniciar un proceso judicial para eliminar o confirmar las sospechas que tiene sobre si ese comité en efecto se realizó, y si allí estaban todas las personas que debían estar presentes para que fuera legítimo. También debe iniciar un proceso judicial para saber por qué le quitaron un carro blindado y un guardaespaldas. 

Twitter: @santiagovillach

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