Por: Sergio Otálora Montenegro

La extraña química de la esperanza

La gente cobra muy duro, a la hora del voto, las grandes decepciones. Cuando se despierta, en lo más íntimo del alma colectiva, esa extraña química de la esperanza, pero no se llenan las expectativas creadas, la destorcida es severa. Para no hacer historia patria, pongamos como botón de muestra dos ejemplos recientes: el Polo y la ola verde.

El demonio que aniquiló al Polo (añadido a  la persecución y el crimen)  fue su increíble éxito electoral. No sólo despertó desaforados apetitos de figuración de sus líderes más encumbrados (Lucho Garzón y Gustavo Petro) sino que fue imán poderoso para atraer a los oportunistas de siempre, entre ellos los hermanos Moreno Rojas, quienes pusieron a la  izquierda en un territorio en el que jamás había estado: la complicidad con la corrupción. Aquí no sólo se desplomó su autoridad moral sino, además, postergó, quién sabe hasta cuándo, la posibilidad de ser alternativa seria de poder.


Sin embargo, Petro, quien en franca lid ha debido ser el líder máximo del Polo, pero le negaron esa posibilidad a pesar de sus victorias electorales, denunció no sólo al cartel de la contratación anidado en la Alcaldía de Bogotá, bajo la complicidad comprobada del burgomaestre, sino la actitud ladina del Polo, que sacó de la manga el viejo truco de siempre: mientras no haya  sentencia judicial en firme, y sólo denuncias que se las puede llevar el viento, nosotros apoyamos a nuestro hombre. Fue una salida en falso.


Petro se fue del Polo, armó rancho aparte y lo entiendo. No es el caso de Lucho Garzón, quien en su camino hacia la entrega de todas sus antiguas banderas, ha llegado al límite de su propia aniquilación como figura nacional relevante. Abraza a Uribe sin remordimientos, deja a los verdes colgados de la brocha, y se la juega con  Peñalosa: calcula que con el triunfo de su camarada, de ahí se dispara hacia una candidatura presidencial.


Qué iluso; está muy fresca la memoria de lo que fue la ola verde, ese movimiento de grandes ilusiones que se volcó a las calles y plazas de Colombia, con Mockus de candidato presidencial, para decirle a Uribe que sus métodos corruptos y su guerra obsesiva no tenían arraigo popular. Como lo muestra el excelente documental de Margarita Martinez sobre la ola verde, fue una mezcla de ingenuidad, inexperiencia, improvisación y  torpeza ilimitada de Antanas, la que llevó al fracaso electoral a un movimiento inspirado.


Ahora, se ven las esquirlas. Mockus apoya a Gina Parody, ella no simboliza nada distinto que una joven pero ya curtida dirigente del establecimiento,  repleta  de contrasentidos ideológicos y políticos que ha sabido disimular  con gran habilidad; el Partido Verde, es decir, el que se quedó con el logo del girasol, ve que se le escurren de las manos las posibilidades de llegar al poder en Bogotá al galope de expresidentes y exalcaldes. Mientras tanto,  Petro  sigue creciendo en las encuestas porque,  a pesar de sus desaciertos políticos, es el que más representa una esperanza de transformación y de pulcritud en el manejo de los asuntos públicos. Y el candidato del Polo, Aurelio Suarez, tal vez sin merecérselo en lo personal, recibe el desprecio absoluto del electorado independiente.


Todo este debate suena muy civilizado, muy democrático, si lo circunscribimos a la capital del país, pero en las regiones el derecho elemental al voto libre y soberano le es negado a miles de ciudadanos intimidados por los ejércitos ilegales, por las mafias, por el chantaje o el soborno de los corruptos. Sin embargo, está demostrado que  hay un espíritu latente de cambio, de rebeldía legítima ante la realidad agobiante,   pero mientras no se logren tocar de nuevo esas fibras, mientras los que generan esperanzas las sigan traicionando por su ineptitud o  ambiciones muy personales,  no habrá esa energía avasallante de los grandes movimientos sociales que desafían el peligro, las balas asesinas,  las amenazas, para llevar a la victoria unas ideas y unos líderes excepcionales.


Ojalá este lunes, en algunas ciudades y departamentos, sus  comunidades tengan la alegría de haber elegido alternativas legítimas de poder, no patrocinadas por los criminales o los delincuentes, ni por la venalidad política de siempre.

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