Por: Miguel Ángel Bastenier

La extrema derecha que creó Obama

LOS ÍNDICES DE POPULARIDAD DEL presidente estadounidense Barack Obama se mueven en torno al 40% de la opinión y las perspectivas del Partido Demócrata ante las elecciones de ‘medio curso', el próximo noviembre, son complicadas.

Si hoy se celebraran elecciones presidenciales, las posibilidades del afro-americano de obtener un segundo mandato serían escasas, y aunque para 2012 nada está decidido, ya puede decirse que la extrema derecha estadounidense nunca había tenido tanta fuerza -probablemente desde la derrota del republicano Barry Goldwater frente al demócrata Lyndon Johnson en 1964- y ello hay que atribuirlo directamente a la existencia del líder afro-americano.

Cualquier presidente norteamericano contemporáneo ha podido tener una masa de partidarios ligeramente superior a la de sus adversarios, con un mediano bloque de indiferentes. Digamos, en número redondos, que el electorado se ha repartido por tercios en cada uno de esos agrupamientos. Pero ha solido haber una básica proximidad antropológica entre la mayoría de los favorables y de los desfavorables, e incluso entre los alejados de la cosa pública con respecto a los grupos anteriores. Y eso no es así en el caso de Barack Hussein Obama.

La excepción relativa ha sido el presidente John F. Kennedy, que porque era católico irlandés tenía a una parte minoritaria del electorado furibundamente en contra. La proporción de protestantes entre la población de Estados Unidos baja constantemente, pero no por ello menos el país sigue siendo gobernado con criterios de los Padres Fundadores, puritanos, calvinistas, blancos, anti-europeos, profundamente provincianos. Y Kennedy compensaba en parte su ‘déficit' porque era atractivo, multimillonario, aristócrata, y todo menos una personalidad devota. El afro-presidente, en cambio, no posee ninguna de esas ventajas.

Pese a lo aparentemente confortable de su victoria electoral (53% del voto popular contra 47%), a Obama lo ha elegido no la mayoría, sino una suma de minorías. Exactamente esa proporción, pero a la inversa (47% a 53%) fue el apoyo que obtuvo entre los blancos, por lo que si los ‘criollos' de Estados Unidos hubieran sido los únicos votantes, el presidente sería hoy el republicano John McCain y, ominosamente, la vicepresidenta, Sarah Palin, que no sabía cuál era la capital de Afganistán, ni por dónde caía el país centro-asiático. La victoria de Obama tampoco la fraguaron enteramente los afro-descendientes, porque aunque se alzó con más del 90% de sus sufragios, su voto es ‘propiedad' del candidato demócrata, casi cualquiera que éste sea. La diferencia la hizo, en cambio, el latinoamericano, que no sólo votó masivamente por Obama, sino que concurrió a las urnas en número mucho mayor de lo habitual -más de un 60% contra menos de un 35% en anteriores elecciones-.

Y es aquella mayoría que no quería un presidente como Obama la que está hoy haciéndose oír con una virulencia y un descaro amenazantes. Sus componentes son los que han lanzado el Tea Party Movement, que toma su nombre de un motín patriótico que precedió a la revuelta anticolonial de 1776, en el que figura como musa la citada Palin y que está haciendo elegir en las primarias del Partido Republicano para noviembre a alguno de sus más fanáticos partidarios. Son ‘nativistas' o defensores de la supremacía de la nación anglosajona, un Ku Klux Klan apenas barnizado, que apoyan la reciente ley de Arizona que criminaliza al inmigrante latino; que juran que Obama no ha nacido en Estados Unidos -con lo que su presidencia sería ilegal-; que no es cristiano sino que nació musulmán y jamás ha abjurado de esa fe, lo que no le impediría, sin embargo, ejercer la Presidencia, pero lo convierte en un apestado político. Y lo terrible no es que no sea musulmán, porque Obama es bien sabido que es protestante, sino que el Islam no es una religión ni más ni menos infamante o positiva que el catolicismo o el budismo.

El Presidente, con una guerra que se resiste a que le pongan fin en Irak, lo que pretende hacer en 2011; otra en Afganistán que trata de acelerar para poder retirarse con honor en 2014; y ambas más políticamente perdidas que ganadas, más un proceso mal llamado de paz entre judíos israelíes y árabes palestinos, que infecta sin remedio las relaciones de Estados Unidos con el mundo islámico por la parcialidad sionista de Washington, hacen prever dos años de sinsabores para la Casa Blanca. Con ese panorama no parece que el Presidente pueda tener ocio suficiente para encarar cuestiones que considera menores como el TLC con Colombia, y a otro nivel, las bravuconadas de Caracas, o la parsimonia con que La Habana contempla su futuro.

Barack Hussein -nombre árabe que recibió en memoria de su abuelo, que sí era musulmán- Obama ha destapado una caja de Pandora de la que brota lo peor de un rabioso nacionalismo norteamericano que mira al Sur con temor y desprecio; que lo ignora todo del mundo exterior; que cree que el único escritor universal es Shakespeare; el único libro que hay que conocer es la Biblia (en versión únicamente protestante); y que todavía se interroga sobre cómo ha podido llegar a la Presidencia un afro-americano. Sería como decir de la elección de Obama, aunque su responsabilidad personal sea por supuesto nula, que no hay mal que por bien no venga.

 

* Columnista de El País de España

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