Por: María Elvira Bonilla

La farándula coronada

SARAH PALIN, LA ATRACTIVA Y POpular gobernadora de Alaska, fórmula vicepresidencial de John McCain en las pasadas elecciones norteamericanas, acaba de renunciar a su cargo seducida por 20 millones de dólares representados en un libro, un show de televisión y una serie de conferencias más que bien pagadas.

El libro, que tiene como objetivo ser un best-seller de 5 millones de dólares, no puede ser reflexivo sino sensacionalista y sobre todo chismoso, es decir, debe sumergirse en la letra menuda de la campaña presidencial republicana. El programa de televisión también tendrá que ser atrevido y audaz, al igual que las conferencias, con las que aspira a competir con las vacas sagradas de la palabra mercantilizada, Bill Clinton y Tony Blair.

Su aspecto físico agradable, unido a su talento para hablar con cierta irreverencia y espontaneidad, sin pensar demasiado, le abrieron el camino. En menos de un año enterró su aire provinciano y se catapultó nacionalmente. Palin cambió la política en donde representaba las aspiraciones de la típica ama de casa de clase media, creyente, entregada a su familia, arropada en los valores más conservadores de la sociedad norteamericana del pequeño pueblo, por el mundo de la fama y de las celebridades. Las de la feria de las vanidades, hijas del show business, que en Estados Unidos, además de mover como nadie la caja registradora, marca la pauta del consumo en moda, restaurantes, finca raíz, viajes y entretenimiento, son referencia obligada para determinar lo in y lo out, asumido como artículo de fe para la gran masa que no logra hacerse a una identidad propia.

Las celebridades son los nuevos héroes de la sociedad contemporánea. Tal como ha quedado demostrado con la despedida de Michael Jackson en el Staples Center de Los Ángeles, más espectacular y costoso (1,4 millones de dólares) que cualquier funeral de un grande y poderoso de la política, la cultura o los negocios.

Igual sucede en nuestro país con la farándula criolla. Juanes es la celebridad mayor, convoca y enloquece cada vez que se sube a un escenario. A punta de talento, creatividad, autenticidad y fuerza personal, crea hechos políticos como el concierto Paz sin Fronteras de marzo del año pasado, o la reciente audiencia con Hillary Clinton, la secretaria de Estado norteamericana, hechos que transforman o producen resultados como nunca lo logran las movidas diplomáticas de corte tradicional.

Otros eran los tiempos en que los héroes y los seres más queridos por los pueblos estaban asociados a acciones de coraje y de valor personal, al tesón y a la convicción. Seres humanos a veces anónimos, con una capacidad de entrega y compromiso con el bien común o el prójimo, que llegaban en ocasiones incluso a arriesgar la propia vida.

Sólo un líder en estos tiempos mediáticos les compite en popularidad y capacidad de arrastre a las celebridades: Barack Obama. Y lo ha logrado porque hace de sus ideas y la forma de expresarlas un espectáculo capaz de conmover e invitar a soñar, con la misma magia y poder de comunicación emocional y simbólico que consigue un músico en un gran concierto.

 

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