Por: Alvaro Forero Tascón

¿La fase superior del… populismo?

LA MAYORÍA DE ANÁLISIS SOBRE EL Estado de Opinión de que habla el presidente Uribe descalifican la figura como un embeleco. Pero el fenómeno de opinión pública existe, y hay que averiguar cuál es su verdadera naturaleza para poder determinar si es deseable o no.

Hay dos posibilidades. O Colombia vive un estado superior de concordia social, y está dando un paso adelante en materia de desarrollo democrático, como sostiene Uribe, o el Estado de Opinión es en realidad la fase superior del populismo, una versión sofisticada del viejo caudillismo latinoamericano.

Son tres los argumentos de los uribistas a favor de la tesis del Presidente. El primero es que la popularidad de Uribe no está sostenida sobre medidas populistas como las de Hugo Chávez. Sin embargo, el apoyo popular del Presidente sería significativamente menor si sus políticas no hubieran privilegiado desproporcionadamente a cuatro sectores de la sociedad. Si se suma el potencial electoral de las más de dos millones de Familias en Acción que reciben un cheque mensual del Gobierno, las miles de familias que se benefician directamente de la clase política con acceso al presupuesto nacional robustecido por cinco años de crecimiento fiscal, las más de dos millones de familias con acceso a los nuevos cupos del Sena y las casi quinientas mil familias de los militares y de los contratistas del sector militar que reciben una proporción enorme del presupuesto, se encuentra que Uribe ha construido con recursos públicos unas redes gigantescas de apoyo político cautivo.

El segundo argumento sostiene que Uribe ha fortalecido la democracia por vía de una mayor sintonía del Gobierno con los ciudadanos. La evidencia no corrobora esa tesis. El funcionamiento actual de la democracia es muy precario: no operan los contrapesos institucionales, se enfrentan las ramas del poder público, los órganos de control están desarticulados, los partidos políticos diezmados, la legitimidad de los órganos de representación popular en niveles históricamente bajos, la criminalidad infiltrada en la política, los caminos de reforma y renovación política cerrados, las violaciones de derechos humanos por parte de agentes del Estado disparadas. Y todos los días se agudiza la polarización política entre unas mayorías desafiantes y unas minorías crecientes.

El tercer argumento coincide con la visión favorable al populismo, que considera que éste profundiza la democracia y traslada mayor poder a las capas sociales mayoritarias, restándoselo a los sectores privilegiados. Sin embargo, los hechos se parecen más a la tesis negativa sobre el populismo, que considera que el líder populista enfrenta unos sectores de la sociedad contra otros, no para transformar profundamente la sociedad, sino para obtener ventaja política. El hecho de que Uribe sea parte de una región contagiada de autoritarismo, que invoque el derecho de las mayorías para impulsar un referendo reeleccionista, que pretenda imponerse sobre los demás poderes públicos y que se rehúse a implementar reformas urgentes, lo confirman.

Pero la pregunta de fondo es: ¿Si el Estado de Opinión introdujo definitivamente el populismo en el sistema político colombiano, por ende ya no es posible llegar al poder, o ejercerlo eficazmente, sin recurrir a él?

 

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