La fatiga en los tiempos de la cólera

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La sociedad está sulfurada. Se conjetura demasiado sobre la llegada del pico del virus, pero nada se anota acerca del otro pico. El de la carga de la pandemia sobre la complexión nerviosa de los ciudadanos, acuartelados e intimidados por toda clase de diabluras, incluida la muerte.

Las pantallas, única rendija contra el encierro, hinchan los párpados, irritan los ojos, sacan a flote lágrimas. Tal vez se deba al acertado símil hecho en tuiter por @jaztronomia, el 27 de junio, al hablar de la plataforma Zoom como “una visita al acuario”.

Todos somos peces que abren la boca también frente a las ventanas de sus casas. Los vidrios permiten por parejo adivinar la realidad y bloquearla con su traslucidez embustera. Se nos autoriza soñar con el más allá de las cuatro paredes, solo para engatusarnos, como en un coitus interruptus.

En las desparpajadas zonas del Caribe, vedar la salida a las calles equivale a suprimir la casa. Para el folclor costeño, la calle es el espacio natural de socialización. Así lo explicó en El Espectador del 21 de junio el epidemiólogo clínico Jorge Acosta: “Para el barranquillero la casa es la calle. Es una cultura muy buena en términos de lazos familiares”.

Entre tanto, en las alturas de los extensos barrios y comunas pobres de las principales ciudades se agolpan diez personas en cajas de fósforos con un único baño que no siempre tiene agua. Exigirles que no salgan de casa para no contagiarse ni contagiar es echarles llave dentro de una celda carcelaria.

Las medidas o “protocolos de bioseguridad” cayeron en el desatino de obligar a todos a lo igual y por igual. Como si la sociedad fuera un conglomerado de robots, una tropa homogénea. Como si un país fuera una unidad de cultura, una planicie de climas, una historia serena de convivencia. De nuevo: peces en un acuario.

Desde la caja cuadriculada e incrustada en cada hogar con antena, el Gobierno se cree su poder, se lo toma a diario muy a pecho. Se hace la ilusión de que sus decretos, anunciados desde una barrera infranqueable de ministros y funcionarios, son varitas mágicas para que los cincuenta millones se laven las manos, se enfunden en máscaras, se horrorizen el uno del otro.

Este es el tamaño de nuestro desconcierto. El pico del abatimiento está próximo. Hay edificios donde los vecinos de hace 20 o 30 años cohabitaban en una paz anónima y boba. De repente, en pleno aislamiento viral, saltan chispas, se recalienta el ascensor. Un par de habitantes se alían en una cruzada de reproches y descalificación contra los demás. Su aguijón es incisivo, consiguen infectar el ambiente. Nadie tiene un desintoxicador de convivencia.

La fatiga de la pandemia, de que habla el alcalde de Cali, turba igualmente la capacidad de raciocinio. Alguien se cansa de entender lo que dice el otro. Alguien entiende al revés las palabras ajenas. Alguien se ve obligado a cortar la comunicación con el universo, so pena de que le estalle la cabeza. Así andamos, igual que en los tiempos del cólera y de la cólera.

arturoguerreror@gmail.com

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