Por: Juan David Zuloaga D.
Atalaya

La fe en los hechos

Hay una nueva fe en el mundo. Y es igual de ciega a todas las que en el mundo han sido, aunque, pensándolo mejor, no sé si es nueva. Se trata de la fe en los hechos.

Digo que no sé si es nueva porque ya el maestro de Tiempos difíciles, Mr. Gradgrind, por allá en el siglo XIX pregonaba que no quería más que hechos; que lo único que quería eran hechos. Que nada precisaba una vida digna sino hechos y nada más que hechos. Y, sin embargo, nunca como antes han venido los hechos a colmar el mundo. Nos vienen cada minuto, con su nuda realidad, a través de todos los medios: la radio, la televisión y, por supuesto, las redes sociales. Pero ocurre que nadie nos dice si esos hechos, en otro tiempo juzgados verdad y entidad del acontecer del mundo, son ciertos o engañosos.

Cualquiera, hoy, pone a nuestro servicio hechos del más variado tenor. Los capturan las cámaras de fotografía y de video, y los difunden sin compasión las redes sociales; pero esos hechos, que parecen desnudos de todo contenido político y de toda carga social, luego se revelan ataviados con los sesgos más terribles, porque se descubre que los segundos que se compartieron en la televisión, en la radio, en las redes, no eran sino el fragmento tendencioso y descontextualizado que queríamos que apareciera en escena. Ninguna relación, entonces, guardan con la realidad; antes bien, están, agazapados en silenciosa connivencia, prestos para afianzar los prejuicios de quien de manera tan artera y tan malintencionada los exhibe.

Recuerdo en la universidad un profesor que tenía por único pecado —o, en todo caso, por el más notorio— su fe ingenua en los hechos. Con el correr del curso y de las conversaciones —y de la vida, supongo yo—, le enseñó el mundo que la realidad no se limitaba a esos crudos hechos que él juzgaba imparciales y desinteresados y, sobre todo, cabales. Era muy tarde, pese a que era joven —o quizás por eso mismo—, para reconocer que había errado el camino depositando toda su fe y todas sus apuestas en esa injusta e injustificada metafísica de la estadística.

Los hechos, por sí mismos, nada dicen. Luego tienen que venir la verdad o la ficción con el firme y decidido propósito de ganarlos para su causa.

@Los_atalayas, [email protected]

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