Por: Julián López de Mesa Samudio
Atalaya

La fiebre del oro y el espejismo petrolero

En la mañana del 24 de enero de 1848, James W. Marshall, un carpintero que trabajaba ampliando una acequia cerca del río Americano en Coloma, California, gritaba “¡oro!” al descubrir un par de piedras brillantes entre los detritos de la construcción. Se inauguraba así la famosa fiebre del oro californiana.

En días pasados, Chris Watling, presidente de Longview Economics, anticipaba en una entrevista con CNBC que en cinco u ocho años el barril de petróleo no superará los diez dólares, debido al cambio de orientación que está teniendo la política energética mundial, así como las cada vez mayores inversiones que las compañías privadas están haciendo en energías y combustibles alternativos. Esta tendencia parece no tener reversa y si la sumamos al hecho de que nuestro país alcanzó su pico petrolero en 1999 (punto en el que la ganancia del negocio declina rápidamente, pues se empieza a volver más costoso extraer que el lucro derivado de dicha extracción), implica que, a pesar de que el señor Echeverri y Ecopetrol se empeñen en raspar la olla de lo poco que aún queda justificando así el fracking, los hidrocarburos no sólo no son ya un negocio rentable, sino que es más que irresponsable poner buena parte del desarrollo del país en un negocio sin futuro.

La apuesta que este Gobierno hace por las economías extractivas es inverosímil. Lo es porque demuestra no sólo la cortedad de miras y el cortoplacismo en la planeación macroeconómica, sino porque además estas políticas refuerzan nuestra inveterada tradición de meter todos los huevos en una sola canasta sin medir consecuencias de mediano y de largo plazo.

Empero, es nuestra actual fiebre del oro la que no puede menos que pasmar. Más allá de consideraciones sociales e ideológicas, hay que ser claros: ningún tipo de minería es medioambientalmente sostenible. Todas, desde la artesanal ilegal hasta la legal de gran escala, generan daños irreparables a los ecosistemas; la diferencia es tan sólo la escala del daño y la compensación por las afectaciones irreversibles que la minería legal paga en forma de impuestos, generación de empleo y demás promesas de su modelo.

La actual fiebre del oro —y nunca ha habido una de estas calenturas que no se agote en pocos años— comenzó como reacción a la Gran Recesión de 2008 con la compra por parte del Banco Central de India de 200 toneladas del metal en 2009 como forma de respaldar su economía en medio de la crisis. Por eso, lo que es quizás más triste es que el negocio no sólo no será de larga duración, sino que ya se vislumbra su fin pues han surgido otro tipo de inversiones, como las criptomonedas, que presentan alternativas más atractivas para inversores y demás consumidores actuales de oro; de otra parte, la creación de nuevos materiales menos costosos y más eficientes está reemplazando el oro en aplicaciones tecnológicas.

¿Cuánto durará esta nueva fiebre del oro? ¿Cinco? ¿Diez años, a lo sumo? ¿Y luego qué? Sin petróleo ni oro en unos pocos años, ¿a qué negocio le apostaremos para “desarrollar” el país?

Tan sólo siete años después del famoso grito de Marshall, la fiebre pasó por completo. Muy pocos se lucraron en esos años y Marshall murió en la ruina. Ha llegado la hora de pensar en otras economías que sean verdaderamente sostenibles a largo plazo y cuyas afectaciones no sean irremediables. Hace mucho que nos llegó la hora de escapar a la muerte de Marshall.

@Los_Atalayas, [email protected]

 

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