Por: Esteban Carlos Mejía

La fiel melancolía

LLEGO TARDE AL CUMPLEAÑOS DE Isabel Barragán. Ya le partieron la torta. Ya los mariachis cantaron “estas son las mañanitas que cantaba el Rey David”.

Ya los vallenatos entonaron “¡bendición de papá, bendición de mamá!” Está bellísima: bronceada, esbelta y flexible. Sus ojos verde botella relampaguean como carbones. La felicito: “Treinta y tres añitos… la edad de Cristo”.

Bebemos champán. “A esa edad”, replica, la voz en un hilo, “Jane Austen ya había escrito su primera gran novela, Sense and sensibility, que unos traducen Sentido y sensibilidad y otros, Juicio y sentimiento. Y Charlotte Bronte ya había publicado su Jane Eyre. Peor aún, su hermanita Emily, que ni siquiera llegó a mi edad, publicó Cumbres borrascosas a los 29”. Dos lagrimones se le plantan en los ojazos. “A los 33 años, Virginia Wolf sacó Fin de viaje, elegante anticipo de su obra. Y Sylvia Plath, mi poetisa más entrañable, antes de asfixiarse con gas a los 31, no a los 33, a los treinta y uno, publicó La campana de cristal, ¡una novelaza! Yo no he hecho nada en la vida”.

“Pero, Isabel…”, digo. “No hay pero que valga. A mi edad, Alfonsina Storni ya era la escritora más influyente de Suramérica, Agatha Christie ya había creado su Hercule Poirot, Alejandra Pizarnik tenía editados casi todos sus libros y Simone de Beauvoir alistaba su primera novela, La invitada, con la que se hizo famosa de la noche a la mañana”. Otra copa de champán. “A mi edad, hasta J. K. Rowling ya era millonaria con la piedra filosofal y la cámara secreta de Harry Potter”. Amargas lágrimas, amarga sinceridad. “Maldita sea la crisis de los 30”, solloza con rabia. “Ah, no jodás, eso sólo le da los hombres”.

“Te tengo un regalo”, digo en un susurro. “Es un soneto”. Me mira boquiabierta. “Lo escribió Ricardo Bada, un amigo mío al que le gustan las bonitas inteligentes, como a mí”. Sonríe, aunque care triste. A Isabel Barragán, el 11 de julio de 2009, soneto acróstico por sus primeros 33 años. “Léemelo tú”, dice. Eso hago: Isabel Barragán, amiga mía, / Sabrás que te conozco y que te sigo / A través de un común, querido amigo / Barraganista : Esteban C. Mejía. // Es él quien me descubre que este día / Lo pasarás con él como testigo, / Brindando contra el crónico enemigo / Anual que es la fiel melancolía. // Regocijo más bien debés sentir, / Regocijo feliz de compartir / Al lado de tu buen Esteban C.; // Ganale la batalla al calendario, / Ánimo y celebrá tu aniversario, / Norabuena, querida Isabel B.

El llanto arrasa su amazónica mirada. “No sufrás, Isabelita”, digo, “a tu edad Isabel Allende ya era un éxito”. “Confunda pero no ofenda, perro”, reacciona no sin saña, se termina de enjugar las lágrimas y me besa… en la mejilla, ¡oh, gloria inmarcesible, oh, júbilo inmortal! Nadie sabe para quien trabaja, Bada querido.

Rabito de paja: “No está lejano el día en que la bandera de barras y estrellas señale en tres sitios equidistantes la extensión de nuestro territorio: una en el Polo Norte, otra en el Canal de Panamá y la tercera en el Polo Sur. Todo el hemisferio será nuestro de hecho, como en virtud de nuestra superioridad racial ya es nuestro moralmente”. William H. Taft, presidente de Estados Unidos de América, 1912.

 

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