Por: William Ospina

La fiesta

¿QUÉ NOS IRÁN A PROMETER ESTA VEZ?

Los que creen que el país está salvado porque durante ocho años represamos y aplazamos el problema de la violencia mediante una inversión militar gigantesca, ya estarán preparando el discurso del continuismo, volverán a decirnos que la solución a todos los males de violencia de esta sociedad maltratada y excluida está sólo en las armas, en las cárceles y en la lengua bien remunerada de los informantes.

Los que creen que el único problema de los gobiernos es asegurar la mayoría del Legislativo que secunde sus proyectos, disimule sus fallas y absuelva oportunamente sus culpas, ya estarán recorriendo las regiones para asegurar el eterno trueque de apoyos por promesas, voluntades por puestos y votos por sancochos.

Los que han concluido que el único mal del país es el autoritarismo de Álvaro Uribe, su malogrado proyecto de perpetuarse en el poder, y la niebla turbia de sus amistades y sus socios, ya estarán preparando nuevas proclamas que nos inviten a volver al pasado, al regazo tibio y maternal del viejo bipartidismo, del que salieron, aunque nadie quiera recordarlo, todas estas hidras fractales que tienen exangüe a Colombia: la corrupción, las guerrillas, los paramilitares, las mafias, la insolidaridad ciudadana, la indiferencia ante el crimen, las crecientes mareas del delito.

Los que piensan que lo que definitivamente anuló a Colombia fue la vieja Constitución de 1886, que logró imperar durante un siglo y malformar a cuatro generaciones, y que nos educó en la simulación, la intolerancia y la hipocresía, podrán recorrer el país invitándonos a defender y fortalecer la Constitución del 91, la nueva Carta Magna que en veinte años tampoco parece haber resuelto ninguno de los problemas centenarios del país.

Los que piensan que lo que descuadernó a Colombia fue la sustitución de aquella rígida Constitución del 86 (engendrada por la tenaza de los terratenientes y del clero, vanamente retocada por los liberales y tramposamente puesta en nevera cada vez que se declaraba turbado el orden público y en Estado de Sitio todo el territorio nacional) por una Constitución que creó más derechos de los que el Estado podía garantizar, mintió más libertades de las que la sociedad era capaz de asumir y cambió la vieja corrupción centralizada por la imparable corrupción local, clamarán por el retorno a un orden constitucional que se pueda interrumpir cada vez que lo exija la voluntad del Ejecutivo.

Los que sienten que la Constitución de 1991 no abrió camino ni a la defensa de la pequeña propiedad, ni a la necesaria y urgente reforma agraria, ni a la protección de los litorales, ni a la reforma de la educación, ni a la modernización de las redes viales, ni a sacar de la pobreza absoluta a un porcentaje tan alto de la población, ni a frenar las epidemias de violencia que siguen sacudiendo al país, ni a la moralización de las Fuerzas Armadas, ni a la dignificación de la política, nos convocarán quizás a la búsqueda de nuevas constituyentes que algún día interpreten al país que nunca ha podido expresarse.

Los que piensan que todo se resolverá con sólo cambiar los rostros que gobiernan nuestro caos social, vendrán a hacernos creer que el problema es el color de los logotipos, el rostro de los candidatos o la vehemencia de los discursos y olvidarán una vez más cuestionar el estilo de una democracia en la que hacerse elegir a un cargo de representación popular cuesta una fortuna y exige cada vez menos ideas y más eslóganes, menos propuestas y más fotografías, menos sueños generosos y más estrategias de mercado. Tampoco cuestionarán ese orden político formalista, burocrático, supersticiosamente legalista, mezquino y carente de grandes proyectos con que se ha gobernado siempre a Colombia.

Movilizando a centenares de apóstoles a sueldo, buena parte de los candidatos renunciarán una vez más al debate de qué es verdaderamente una democracia y volverán a la competencia de afiches, a la guerra de imágenes. Volverán a disputarse exclusivamente los votos que hace tiempos deciden quién malgobierna a Colombia y olvidarán como siempre a esa mitad del electorado que nunca votó, porque nunca pudo creer que ese carnaval electoral serviría de veras para transformar al país.

Y los que piensan que es un error criticar nuestra democracia, por precaria que sea, y que hay que persistir en el error porque nos garantiza un mínimo de libertad y un mínimo de seguridad, volverán a acomodarse en los repliegues de una sociedad que ha tolerado demasiadas infamias. Que se permite sin escándalo tener cientos de miles de desaparecidos, centenares de fosas comunes, millones de expulsados despojados de sus tierras y millones de tragedias sin relato, sin horizonte, sin el bálsamo de un verdadero proyecto social de dignificación de los ciudadanos. Olvidarán una vez más el asombroso sentido que ocultan, en una sociedad donde la democracia está hecha más de formalismos que de realidades profundas, los sufragios y las urnas.

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