Por: Alvaro Forero Tascón

La filosofía de una era

ESTA SEMANA TERMINA UNA ERA que se define como de la seguridad democrática. Pero esa es una definición eufemística.

Cuando una época de la historia de un país es claramente diferenciable de la anterior, generalmente está marcada por una concepción filosófica determinante, que la define.

En 2002 Colombia sufrió un cambio de enfoque filosófico profundo. Pasó de un período marcado por el idealismo —el de la búsqueda de la paz—, a otro marcado por el utilitarismo —el del uso exclusivo de la fuerza—. El primero no tuvo verdadero arraigo popular, no consiguió permear la conciencia política de los colombianos, que muy rápidamente se desencantaron de él por su falta de resultados. El segundo logró una tracción en la sociedad tan profunda, que en algunos aspectos se acercó al consenso.

A pesar de que en su uso general el utilitarismo tiene un significado peyorativo, en términos históricos tiene prestigio. Se ha llegado a decir que el éxito de sociedades como la norteamericana ha consistido en su profundo sentido utilitarista, entendido éste como el concepto de que el valor moral de una acción está dado por la capacidad de su resultado de producir la mayor felicidad o beneficio. A nivel colectivo, es fácil defender el finalismo utilitario: lo correcto es aquello que beneficia al mayor número de personas.

Pero, ¿por qué ha tenido un impacto tan fuerte sobre la vida del país la filosofía utilitarista? Básicamente porque permitió resultados palpables y en la cultura política colombiana, ese es el único propósito relevante de la política. Más aún después del fracaso de la búsqueda ideal de la paz, y en una ciudadanía acostumbrada al clientelismo, que es una forma brutal de perseguir resultados inmediatos.

Los éxitos de la era que termina comparten un tronco filosófico común con los fracasos. Dos casos contradictorios lo ilustran. Los retrocesos en materia institucional como consecuencia de la búsqueda de la reelección para mantener el rumbo, son un ejemplo claro de los efectos colaterales negativos de la obsesión del utilitarismo por el resultado. Y lo contrario, las relaciones exteriores, que es el campo en que el utilitarismo es más aceptado y utilizado, fue uno de los pocos aspectos en que éste no primó, y como consecuencia, el exceso de idealismo fue proporcional a la falta de resultados. Al final de una era dominada tan férreamente por el pensamiento utilitarista, cabe la pregunta de si en estos años la sociedad colombiana terminó renunciando a valores fundamentales, o inclusive, a resultados más ambiciosos, que sólo se consiguen persiguiendo grandes ideales. Si renunció a acometer reformas indispensables, porque éstas eran más difíciles y de resultado más incierto. Si el utilitarismo redujo la política a lo gregario, a la campaña permanente que evita confrontar los poderes establecidos y se limita a tramitar las causas maduras, quitándole el sentido épico que es con el que se consiguen las transformaciones más profundas.

El acento utilitarista produjo una reacción social que se manifestó electoralmente a través del legalismo de Antanas Mockus. Pero las mayorías, descreídas de ideales, al final desconfiaron de él. Prefirieron un tercer camino: el del pragmatismo, que puede perseguir ideales con métodos realistas.

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