Por: Antonio Casale

¿La Final del mundo o el final del fútbol?

Cuando un niño sueña con ser como Lionel Messi en realidad solamente quiere jugar. A esa edad no cabe nada más y basta con eso para ser feliz. El fútbol es un juego de niños que los adultos complicamos y dañamos de manera permanente y tal vez de manera  irreversible.

El fútbol se ganó su prestigio a partir de la simpleza. Que dos equipos de once jugadores disputen una pelota con los pies es tan simple como grandioso. Las gambetas de Iguarán que me levantaron de la silla tantas veces en el estadio son de las cosas que más me han emocionado.

De fútbol podemos hablar todos con propiedad. Por eso es la excusa perfecta para romper el hielo y entablar conversaciones entre jefes y empleados o entre niños y adultos. En la sencillez está la belleza de este deporte. Pelota, hombre y nada más.

Pero cuando esto se convirtió en un negocio la cosa cambió.  De unos treinta años para acá todo se ha desfigurado. El amor por un equipo se convirtió en fanatismo y en nombre de esa pasión se han cometido las peores barbaries de la historia. Es la consecuencia de una humanidad tan resultadista como dramática y codiciosa. El fútbol se convirtió en algo de vida o muerte.

Pero ojo, no solo se trata de los energúmenos fanáticos. La descomposición existe entre los directivos que lavan dinero, evaden impuestos y explotan menores, amparados en que el fútbol es intocable. También entre los jugadores que salen a ganar a costa de lo que sea porque lo que se juegan son millones, no  orgullo y prestigio. Para ellos mismos el juego deja de ser diversión cuando se convierten en “profesionales” aun siendo menores de edad. La prensa, los patrocinadores, los políticos, todos nos encargamos de complicar el deporte hasta desnaturalizarlo. De hecho, cada vez se habla menos del juego y más de su entorno.

En la sociedad el sentido común ya no es común, mantener el equilibrio no es objetivo de nadie y en medio de esa locura caminamos todos sin saber para dónde vamos. El fútbol de hoy es solamente el reflejo de lo que somos.

Todo lo acontecido desde el sábado en torno a “la final del mundo” (la final entre River Plate y Boca Juniors), como la decidieron llamar los medios argentinos, es una demostración de que más bien estamos muy cerca del final del fútbol.

Pero la redonda es inocente. De hecho no es más que un juguete.  Ojalá algún día volvamos a la esencia y así ella pueda recobrar su valor.

 

 

 

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