Por: Alfredo Molano Bravo

La firma

CON EL ZURRIAGAZO A LA CORTE suprema, la adjudicación a troche y moche de la Transversal de las Américas —una verdadera A.S.E. (artefactos sin explotar) de pleitos— y recitando versos de Jorge Robledo Ortiz: “Esta ruana de estirpe montañera…”, deja firmada Uribe su obra de gobierno.

Fue una larga administración autocrática, personalista y mediática; diseñada para beneficio de la minoría de más plata. Uribe fue —dudo del tiempo verbal— un gamonal clásico sin escrúpulos, un mayordomo camorrero. El gobierno estaba encima de todo por enfermiza obsesión y no por principios éticos. No quería que nada se le saliera de las riendas. A los ministros los volvió —con algún par de pataleos— secretarios, y a los secretarios, mensajeros. El costo fue altísimo: la corrupción. Tuvo que corromper para poder gobernar a su amaño. Al Congreso lo compró con notarías, puestos diplomáticos y “agüita para su gente”. Teniendo en el bolsillo el 30%, lo que faltaba, lo pagó. Al que no se vendió, lo chuzó, lo sindicó y hasta en los computadores de Reyes salió. A la Fuerza Pública le dio lo que pidió: los generales andaban inclinados por el peso de las condecoraciones en el pecho; los cabos y sargentos jadeaban subiendo una lomita por exceso de calorías. A la opinión pública la tramó con la imagen de la carretera sin retenes de la guerrilla, pero con tanques de guerra. Amnistió de hecho a 30.000 paramilitares y encapsuló a sus jefes en canas gringas para permitirles cambiar crímenes atroces por paquetes de cocaína. Extraditó las pruebas. Repartió concesiones de oro, petróleo y carbón a diestra y siniestra, garantizando a los inversionistas gabelas fiscales y asegurándoles seguridad a trueque de saqueo. Instituyó, para el efecto, una política de resultados que terminó en ejecuciones fuera de combate a muchachos desempleados y discapacitados, para ajustar las cuotas prometidas. Distribuyó contratos y contraticos para enriquecer a sus adjudicatarios, siempre intermediados —y pagados— por hombres de confianza. La matonería se hizo ley: el famoso “le rompo la cara, marica” se convirtió en la fórmula final para resolver asuntos de gobierno, y el cómo voy yo (CVY), en lubricante de todo negocio que pasara por la red del poder ejecutivo. El administrador de la Ley 100 entregó un sistema de salud exhausto en manos de intereses particulares de dudosa fuente. La tierra robada por los paramilitares y sus patrones se fertilizó con regalos a cambio de votos para la reelección del patrón de patrones. Subsumió los partidos y los transformó en máquinas registradoras de subsidios. Una compra a gran escala de la voluntad popular. Gamonalismo y populismo, de un lado, y bala, por el otro, hicieron el milagro de esquinear la oposición y, sin oposición, repartir el ponqué a manos llenas y en beneficio político propio. El 80% de la popularidad con que sale Uribe costó ocho presupuestos nacionales.

Deja una lección que se debería aprender bien aprendida: sin oposición fuerte, la corrupción campea, anida en toda oficina pública, se apropia de todo presupuesto y, lo más grave, necesita andar armada hasta los dientes.

Queda decir, como dice la gente: aunque le vaya bien, váyase señor Presidente.

~~~

¡Pobres turcos! Uribe fallará en el caso del asesinato de 9 voluntarios de la flotilla turca que buscaba romper el infame bloqueo israelí a Gaza.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Alfredo Molano Bravo

Mientras regreso…

Desparchados y encombados

El “Alfonso Cano” que conocí

Delito de hambre

¿Y ahora qué?