Por: Diana Castro Benetti

La flor de loto

Humildad no es entrega; humildad no es desaparecer; humildad no es caridad; humildad no es agachar la cabeza ni dejarse llevar por los caprichos del poder y, mucho menos, dejarse pobretear por el primer aparecido.

Tampoco es la falsa renunciación o el despojo absoluto de sí. Lejos del total abandono, la humildad está emparentada con la dignidad. Ser humilde es recoger los hilos del mundo, hacer un mínimo de silencio y ver de frente las limitaciones y virtudes propias. Es como poner las rodillas en el suelo para comprobar que estamos hechos tanto de barro como de estrellas. Es un instante de reflexión.

Como un paria de una casta indigna, el acto de humildad se refundió entre los afanes de una vida rápida de egos desaforados. Desterrado del amanecer, del mediodía y de la luna llena, nunca es invitado a la mesa, la conversación o la cama. El orgullo inflado de juicios y señalamientos hace de los tiempos modernos su festín y la humildad es la virtud despreciable por incómoda, inoficiosa y poco productiva. Ser humilde no amerita ni un guiño y puede ser el preámbulo a la explotación, el matoneo y el despido. Difícil de ejercer, la humildad también es pariente íntima del orgullo.

Entendida como la mirada justa de lo que somos, la humildad es la puerta de entrada a la abundancia y la plenitud porque, como todo balance de pérdidas y ganancias, devuelve la capacidad de saber hasta dónde se puede llegar. Nunca es para otros y es más de uno con uno. Virtud activa, interior, es como una buena suma de todo lo que somos. Despeja utilidades e inutilidades y obliga a enfrentar las mentiras que nos decimos y en las que nos zambullimos cuando compramos amigos, amores y éxitos tempranos. Es límite y claridad. Es cordura y bienaventuranza. Arrodillarse ante uno mismo hace de la humildad una apuesta necesaria y refrescante. Libera. Relaja. Repone. Revitaliza.

La humildad es el amuleto aconsejado para evitar dolores, quiebras, separaciones, enfermedades, cárceles, guerras, escándalos y hechizos. Nos hace menos ciegos, menos sordos, y es la cura contra la ignorancia y la torpeza de la pedantería. Ver la luminosidad de la flor de loto que somos, bien nacida del fango, es el acto sublime de una humildad sin sentimentalismos virtuosos. Es sostener el infinito en la palma de la mano y la eternidad en una hora, como lo dijo William Blake.

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2015-07-17T22:32:53-05:00

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