Por: Luis I. Sandoval M.

La fortaleza de un proyecto político

¿Qué hace fuerte un proyecto político? Respondo esta cuestión a mediados de 2011 en el contexto político colombiano, ad portas de una reforma política importante, donde ha sido tan difícil durante décadas el desarrollo y consolidación de auténticos proyectos políticos soportados por partidos institucionalmente fuertes.

La primera fortaleza de un proyecto político radica en que realmente exista. Existe cuando constituye una propuesta viva para buscar y ejercer el poder público, anclada en la realidad de la sociedad y soportada en una clara y decidida voluntad política.

La segunda radica en que se dé una apropiación cultural del proyecto por parte del actor (organización, partido o movimiento) encargado de sacarlo adelante; al menos un núcleo de líderes y seguidores debe tener claro de manera sostenida hacia dónde va y cuál  es el camino.

La tercera radica en saber reconocer errores y corregirlos a tiempo, haciéndolo sentir a los seguidores y a la sociedad en general; lo que hace reducir o perder el apoyo ciudadano no es tanto los errores mismos sino la incapacidad de corregirlos.

La cuarta radica en desarrollar una capacidad alta para el trámite democrático de las diferencias (conceptuales, tácticas, estratégicas, personales) de tal manera que ellas sean ocasión de aprendizajes y soluciones innovativas y no de divisiones o abandonos; ante las dificultades siempre hay un dilema: soluciones imaginativas o fracturas.

La quinta radica en contar con una organización a la vez sostenida y flexible que sabe responder a condiciones cambiantes del contexto, favorables en un momento, adversas en otro; no se puede mitificar una forma organizativa, pero tampoco puede sacrificarse alegremente la organización ante circunstancias emergentes.

La sexta radica en la destreza para acumular fuerzas hasta llegar a la victoria; en democracia solo las minorías que se convierten en mayorías por la conquista de la opinión y del voto ciudadano acceden al gobierno para convertirse en poder con capacidad de realizar el proyecto político.

La séptima radica en una institucionalidad de partido o movimiento con la fortaleza suficiente para contener grupos, liderazgos y aspiraciones en un marco de reglas de juego (regulación y autorregulación) respetadas por el conjunto de los adherentes, afiliados o militantes.

La octava radica en que el proyecto se convierta en algo propio de la vida cotidiana para mucha gente y se constituya así en un factor de identidad que entusiasma y enorgullece.

Un partido es un proyecto político, un anuncio, una promesa, una visión de algo mejor o no es nada. No es corriente en el ambiente pragmático que predomina que los partidos existan y se muevan en función de proyectos políticos. El referente utópico en el ejercicio de la política es cada vez más débil. Así deja de existir la tensión creativa entre la realidad existente, de ordinario inaceptable, y la realidad deseable o deber ser. La falta de nervio intelectual conduce a la falta de nervio moral.

Analistas destacados (Evelina Dagnino, Alberto Olvera y Aldo Panfichi, 2006) señalan certeramente: “Al menos en teoría, los partidos responden a proyectos políticos entendidos como una serie de ideas o nudos doctrinarios que cohesionan a las distintas vertientes e individuos que los constituyen. En la práctica, algunos partidos han mantenido esta característica, pero otros han perdido la dimensión programática. Se trata de partidos u organizaciones que constituyen una articulación oportunista de intereses y que tienen con frecuencia discursos programáticos débiles y contradicciones en su seno”.

El hecho preocupante hoy en todas las latitudes es la facilidad como los partidos políticos de todos los signos ideológicos transitan del pragmatismo al clientelismo y de éste a la corrupción.

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