Por: Esteban Carlos Mejía

La fosa común

La literatura es la religión más vieja del mundo. Más antigua incluso que la Biblia o el Corán, dos libros a los que sus fieles le atribuyen la etiqueta de únicos, sagrados y verdaderos. “La literatura”, como alguna vez explicó Vladimir Nabokov, “no nació el día en que un chico llegó corriendo del valle de Neanderthal gritando «¡el lobo, el lobo!», con un enorme lobo gris pisándole los talones; la literatura nació el día en que un chico llegó gritando «¡el lobo, el lobo!», sin que le persiguiera ningún lobo”. Es una mentira universal, pagana, invencible. Y también, un triángulo equilátero: autor, editor y lector. Cabizbajo y agradecido, hoy hablaré de los escritores que se fueron (eufemismo para evitar el verbo morir) en 2018. No están todos, pero están…

En mayo, a los 85 años de edad, murió en Nueva York el inagotable Philip Roth. Recuerdo con fruición la vez que leí El lamento de Portnoy / Portnoy's Complaint, su novela de 1969. Una mezcla atormentada de erotismo, autoflagelaciones, morbosidades: él, como autor, yo, como lector. Un escritorazo agudo y displicente, lleno de coraje para decir lo suyo sin miedo al poder de la censura ni a la censura del Poder.

De 88 años y en Nueva York, Tom Wolfe murió en el mismo mayo florido. Los relatos periodísticos de Tom Wolfe son como novelas y sus novelas son como crónicas periodísticas. La hoguera de las vanidades / The Bonfire of the Vanities, 1987, y Todo un hombre / A Man in Full, 1998, son una visión precisa y casi hiper realista del american way of life. Al leerlas, nadie sale inmune a las dudas, la desconfianza o la esperanza en la remota bondad humana.

A finales de enero, con 103 años a cuestas, murió en La Reina, Chile, el poeta Nicanor Parra, creador de antipoemas, sermones y artefactos. Desemejante de Neruda, más o menos próximo a Gonzalo Rojas, don Nicanor nos acostumbró al humor en la poesía, siempre con una euforia hilarante y delirante, irrespetuosa, iconoclasta, contestaria. Una bocanada de aire fresco cada vez que la angustia nos hace zancadilla.

En agosto, a sus nítidos 88 años de edad, murió en Londres sir Vidiadhar Surajprasad Naipaul, más conocido como Vidia Naipaul o, mejor todavía, como V. S. Naipaul. Sus novelas, borrascosas, húmedas y urticantes, se mezclan en mi memoria y me llevan a pensar en intrigas sin intriga, personajes con demasiada alma y sinsabores caribes. En cambio, de El regreso de Eva Perón y otras crónicas / The Return of Eva Perón and the Killings in Trinidad, 1980, recuerdo la cara de asombro de mi amigo Mauricio García Villegas cuando le leí lo que sir Naipaul decía de Argentina: “un país que se vomita a sí mismo”. Inigualable.

Y en octubre, apenas con 70 años de edad, murió en Bogotá Roberto Burgos Cantor. Su obra sin ceguera tiene el primor del tejido de una hamaca: los hilos se trenzan con fluidez y resisten vigorosamente el paso del tiempo. Algunas personas opinan o creen que las novelas de Roberto son la mejor expresión de su arte. Para ludibrio o escarnio de mis amores literarios, yo me quedo con Lo amador, su primer libro. “Pinta tu aldea y pintarás el mundo”, sentenció el conde León Tolstoi.

Ahora los cadáveres o las cenizas de Roth, Wolfe, Nicanor, Naipaul y Burgos Cantor yacen en la fosa común de la literatura. Sus obras palpitan aún en el alma de millones de lectores.

Rabito: “Y que los dioses arrastren todo con el viento”. Ilíada, IV, 336. Homero.

Rabillo: A rey muerto, rey puesto: ¡feliz 2019!

@EstebanCarlosM

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2018-12-29T00:30:55-05:00

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