Por: Julio César Londoño

La fragancia madre

La nariz es un órgano opaco. Nadie habla de él con la claridad utilizada para los otros órganos. El ojo, por ejemplo, es un mecanismo trasparente. Hasta los locutores deportivos saben cómo opera, cómo se hace allá, en silencio, la luz. También sabemos mucho sobre el oído, ese engranaje de membranas y huesecillos que parece armado por un plomero recursivo con lo primero que encontró a mano. Por su importancia en el amor y en los oficios, el tacto es un sentido muy apreciado. Por glotones, tenemos bibliotecas enteras sobre el gusto.

Estos cuatro sentidos tienen vocabularios precisos para nombrar sus percepciones. Tenemos mil sustantivos y mil adjetivos para los colores, sonidos, texturas y sabores del mundo. Para los olores, en cambio, el repertorio es muy pobre y casi que tenemos que señalarlos con el dedo: olor a yerba, a pintura, a pan caliente, a lápiz recién tajado. Incluso el léxico de los perfumistas es muy pobre. Y como nuestra realidad es verbal, lo que no tiene nombre no existe. Es por esto que el espectro de los olores es un capítulo inédito de las sensaciones, y que la humanidad huele mal.

Para remediar esta pobreza, me he propuesto una empresa crucial, continuar el proyecto de Aldo Murinho, el célebre perfumista portugués del siglo XV: la búsqueda de la fragancia madre, la matriz inimaginable que contiene todos los olores.

Entre las piernas de B hay algo, unos arpegios, un vaho frutal y almizclado. Es un aroma potente, pero aún no es la melodía total. Tengo un amigo, un muchacho cuyas axilas contienen las notas complementarias, las que le faltan a los efluvios de B, unos aromas absolutamente preciosos, algo “grueso” y sutil a la vez.

Estoy cerca de encontrar la cifra final. La nariz me lo dice. Nadie me saca de la cabeza que debe existir un olor que los contenga a todos, como pasa en las lenguas, que se derivan de un solo tronco primigenio, o como las razas humanas, que vienen de un racimo de homínidos listos, o iluminados, como se prefiera. Tiene que existir, en acto o en potencia, una fragancia-suma, una sustancia leve y suficiente de donde se pueda obtener por derivación cualquier aroma. Con esto, estará a punto la teoría económica del olor.

No soy un excéntrico, sigo la tendencia clásica de los investigadores. Incluso la ciencia aspira a los modelos económicos, a reducirlo todo a un cuerpo teórico pequeño de donde se puedan desprender, por deducción directa, sus corolarios básicos. En matemáticas, digamos, es más bella una demostración corta y aritmética que otra más larga que deba recurrir al cálculo para demostrar lo mismo. Todas las geometrías se desarrollan a partir de un puñado de postulados elementales. Los físicos sueñan con la Teoría del Todo (están hartos de lidiar con ese enjambre de partículas empalagosas. ¡Eso no es elegante!). En ciencia, como en arte, lo bello es lo breve, lo simple, así haya siempre una secreta complejidad escondida entre los pliegues. Sí, dedicaré lo mejor de mis días a la búsqueda de la fragancia madre y cuando la encuentre la envasaré en un frasquito que será una gema discreta, claro, y la pondré a los pies de mi esposa, lo prometo.

El resto será fácil. El perfumista identificará los olores y el aromatólogo los agrupará en familias bien definidas y ambos harán con ellos lo que ya hicieron los físicos y los pintores con la luz, los físicos y los músicos con los sonidos, y los químicos y los cocineros con los sabores, y los poetas descubrirán el verdadero y antiguo nombre de cada olor, de cada matiz. Entonces el lenguaje podrá al fin nombrarlos y la especie olerá mejor.

P.S.: Por razones estrictamente personales, esta columna reaparecerá en enero.

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2019-07-27T02:30:00-05:00

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