La fragilidad de la democracia

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Las elecciones del próximo martes en Estados Unidos, independientemente de quién gane, son cruciales para el futuro de la democracia. No sólo por el peligro de una reelección de Donald Trump, sino también porque la frustración de la oposición ha llevado a los demócratas a amenazar con retaliaciones que debilitarían una serie de instituciones y acuerdos mutuos que han permitido que por siglo y medio se mantenga la independencia entre los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial.

El fallecimiento de la juez de la Corte Suprema de Justicia Ruth Bader Ginsburg llevó a que el Senado, de mayoría republicana, se apresurara a confirmar al reemplazo propuesto por el presidente Donald Trump. Esta decisión —que dejaría a los conservadores con seis jueces de nueve en la Corte— no sería inusual, de no ser porque los republicanos bloquearon la última nominación del entonces presidente Obama antes de concluir su mandato, argumentando que, quedándole tan poco tiempo de gobierno, el nuevo juez debía ser nominado y confirmado por el ganador de las elecciones. Los republicanos ahora se niegan a seguir la nueva “regla” que ellos mismos se inventaron, llevando a que los demócratas amenacen con aumentar el número de jueces en la Corte para obtener la mayoría.

Lo interesante es que nada en la Constitución les impide hacerlo si ganan las elecciones. Sin embargo, tanto demócratas como republicanos se han abstenido de usar esta táctica por siglo y medio: ambos partidos han entendido la importancia de respetar el espíritu de las leyes. ¿Por qué un sistema de gobierno tan estable como el estadounidense está pasando por situaciones típicas de repúblicas bananeras? Entender cómo prevenirlas, no solo allá sino también en sistemas más frágiles —como el nuestro—, es indispensable para evitar que sigamos todos un camino parecido al de las democracias que han desaparecido sin necesidad de golpes de Estado, y que, de hecho, han desaparecido a punta de elecciones.

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