Por: Alvaro Forero Tascón

La fragmentación

Quizá la palabra que mejor define el estado del poder y la política en Colombia hoy es fragmentación. Del sistema político, de las instituciones, de los sectores económicos y sociales, de la opinión pública.

Hace tres años se hablaba del unanimismo de la Unidad Nacional, del exceso de poder presidencial que sofocaría la democracia. Hoy la gobernabilidad del presidente Santos se ve debilitada en el Congreso, deteriorada en la opinión pública, complicada frente a la Procuraduría y las cortes. A nivel de los partidos políticos se mantiene la unidad artificialmente gracias a la prohibición del transfuguismo, pero la división entre uribistas y santistas es creciente. Los gremios se desarticulan por falta de representatividad. El poder se reparte ahora con campesinos y opositores.

Más que un fenómeno de polarización política, que existe, hay fragmentación del poder, porque lo que predomina en la opinión pública es la percepción de que ningún político o institución tiene la capacidad para solucionar los problemas. El presidente, porque enfrenta una crisis de confianza ciudadana en su liderazgo; el expresidente Uribe, porque no puede regresar al poder y el que ejerce es más destructivo que constructivo; el popular vicepresidente, porque no tiene atribuciones propias; Germán Vargas, porque está congelado por la aspiración reeleccionista del presidente; el Congreso, porque no tiene la sintonía popular para asumir las reformas que los ciudadanos reclaman en materia de justicia y anticlientelismo; la Justicia, porque es percibida como débil y secuestrada por el corporativismo; el procurador, porque está hipotecado al clientelismo legislativo y judicial y al fanatismo religioso; el fiscal y la contralora, porque están asediados de conflictos; las Fuerzas Armadas, porque están neutralizadas por el reacomodo de las Farc y el crecimiento de la bacrim; los medios de comunicación, porque están arrollados por las redes sociales. Los únicos ganadores recientes son los movimientos sociales que realizaron protestas, pero carecen de organización permanente y contribuyen a la sensación de fragmentación.

Hay muchas causas para la fragmentación. Una inercial, lo que Moisés Naím llama el “fin del poder”, la dispersión del poder generado por la globalización y la revolución de la información, y su deterioro ante el constreñimiento de quienes detentan el poder formal.

Otra causa es la división del establecimiento entre el populismo amargado de Álvaro Uribe y el clientelismo desgastado de Juan Manuel Santos, que puede hundir la mejor posibilidad de conseguir un acuerdo con las guerrillas y permitir que en medio del fraccionamiento electoral se cuele una alternativa de izquierda.

La fragmentación es necesaria para equilibrar poderes y desmontar hegemonías, pero negativa para construir los consensos que requieren grandes empresas nacionales, como las concesiones necesarias para terminar una guerra. Tiene el problema, o la ventaja, de que agudiza los problemas de legitimidad de los sistemas políticos, permitiendo que surjan alternativas. En el enfrentamiento entre populismo y clientelismo que vive hoy Colombia por la guerra, hay espacio para una propuesta política que ofrezca legitimidad combinando paz, justicia y anticlientelismo.

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