La fragmentación política es fruto del personalísimo

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El primer indicador de que el sistema político colombiano atraviesa un periodo de transición es la profundidad de su fragmentación.

En otros momentos de la historia colombiana siempre un partido o un personaje político tuvo mayorías, o el pastel electoral se dividía entre muy pocos actores. Hoy ningún partido o candidato tiene más de 25 % en las encuestas, ningún partido representa más del 20 % del Congreso.

Colombia pasó de ser un sistema marcadamente bipartidista durante casi dos siglos a uno personalista con Álvaro Uribe, a uno multipartidista y a uno multipersonalista hoy. Durante décadas los partidos regularon la tendencia al fraccionamiento de los ismos a nivel nacional (ospinismo vs. laureanismo, lopismo vs. santismo, llerismo vs. turbayismo, galanismo, etc.), de los gamonalismos a nivel regional y de las microempresas y famiempresas electorales desde la Operación Avispa.

Hasta que el desgaste de los partidos fue cediendo al personalismo político. Por esta vía encontraron salida tanto el clientelismo, para autopreservarse después de la Constitución del 91, como el populismo y los movimientos independientes para competir contra el clientelismo. Ese proceso de personalización de la política pasó de lo local, donde los partidos se acumulan detrás de un candidato, a lo nacional, donde los candidatos recogen apoyos más de otros personajes políticos que de partidos, como Iván Duque de Uribe, Marta Lucía Ramírez y Alejandro Ordóñez; Sergio Fajardo de Claudia López y Jorge Enrique Robledo, o Petro de Carlos Caicedo.

La fragmentación se agudizó con la finalización del control del expresidente Álvaro Uribe sobre las mayorías electorales. Dejó de ser el personaje de mayor favorabilidad en las encuestas, ahora está en los niveles del expresidente Juan Manuel Santos y por debajo de personajes como Sergio Fajardo y Humberto de la Calle. A diferencia de 2018, hoy no le basta con sumar el apoyo del Partido Conservador y los sectores cristianos para llegar a segunda vuelta, y necesita aliarse con los partidos políticos que combatió para ganar en 2002 y 2018. A pesar de que el uribismo está en el poder y controla la burocracia, Uribe puede estar en niveles de fortaleza política comparables a los de Petro y Fajardo, a quienes tampoco les alcanza su base política para llegar a segunda vuelta.

Esa situación no solo obliga a que los tres bloques políticos —derecha, centro e izquierda— busquen mecanismos de consulta para escoger un candidato y posiblemente lleve a gobiernos de coalición en que no solo se dé participación burocrática a los aliados, como ha sido la tradición, sino que se acuerden reformas de fondo. Sin embargo, el hecho de que las alianzas vayan a ser entre bloques afines ideológicamente —y no como pretendía Gustavo Petro, entre la izquierda y el centro— reduce la posibilidad de que se trate de gobiernos de coalición al estilo europeo.

Porque además Colombia conserva una importante mayoría política, la que Fernando Cepeda llama el partido gobiernista. La gran pregunta es si las consultas presidenciales interbloques, del día de las elecciones al Congreso —la innovación de la vuelta cero—, van a terminar jalonando el voto parlamentario, del personalismo local a uno nacional.

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