Por: Aura Lucía Mera

La fuerza del estornudo

LEÍ HACE TIEMPO QUE CUANDO estornudamos o tosemos, sacamos el aire con la misma fuerza de una turbina de jet en el instante de despegar y elevarse a cientos de kilómetros por hora.

Y que este aire encaletado se dispersa como esquirlas lanzadas en la explosión de un cilindro de gas. Sale el aire, salen las bacterias acumuladas, sale el estrés, salen los microbios, sale todo lo que llevamos dentro y llega a todos los que están a nuestro alrededor. No tenemos escape.

En la Edad Media se consideraba que al estornudar o toser sacábamos el diablo del cuerpo, y de allí viene la expresión “Jesús” o “Salud”. Una especie de “contra” para impedir que ese demonio que expelía un cuerpo con tanta potencia se incrustara en alguno de los que se hallaban al lado del estornudador. Todavía usamos la expresión. Así como no recibimos el salero de las manos de ningún comensal, sino que lo tomamos directamente de la mesa, o cruzamos los dedos para que se cumpla algún deseo, o tiramos de los huesitos del pollo y deseamos quedarnos con el “apostador”. Trucos, fetiches, agüeros, pero de que existen, existen, y de que los usamos, los usamos.

En ocasiones, al tomar un taxi y escuchar el tosido estentóreo del conductor o su estornudo, decimos “salud” y este conjuro muchas veces sirve para iniciar una agradable conversación. Siempre damos las gracias al escuchar la consigna liberadora de los malos espíritus y también nos sentimos liberados al sacar del cuerpo ese mal que nos afecta. Estornudar, relaja. Toser, libera. Sacamos lo que nos molesta y seguimos tan campantes.

Los Jefes de Estado reunidos en el espectacular hotel Llao Llao, que tengo la fortuna de conocer, encerrados en su salón, dedicados juiciosamente a salvar o condenar a la guerra el continente, no cayeron en cuenta de gritar al unísono “Jesús” ni “Salud” cuando nuestro Presidente, con el rostro visiblemente congestionado y la nariz ídem, lanzó al aire con la energía de un tsunami o de un tifón los estornudos y la tos que le atormentaban el alma y el cuerpo. No cayeron en cuenta de que el virus flotaba en el recinto y que era muy probable que el demonio se les hubiera colado de manera sutil y veloz en sus respectivos organismos.

Lamentable el virus en el presidente Uribe. Lamentable el posible contagio. Una cosa es que se acabe Unasur por discrepancias ideológicas y políticas y otra muy distinta que se acabe por falta de materia prima, es decir, carencia de jefes de Estado. El mayor peligro y el peor enemigo siempre salen de donde no se espera. En esta ocasión, a pesar de las maravillas logísticas que brindó la anfitriona Argentina para recibir como príncipes a los variopintos mandatarios latinoamericanos, no contó con la microscópica criatura que tal vez reposaba desde hace algún tiempo en medio de los cortinajes o escondido en la madera de los ventanales que miran hacia el lago o la montaña imponente cubierta de nieve.

Hago votos por la salud del presidente Uribe. Hago votos por la salud de los demás gobernantes. No se nos puede acabar la telenovela internacional por un bicho tan pequeño. ¿De qué hablaríamos? ¿A quién atacaríamos? ¿Qué sería del ejército de USA sin poder venir? ¿Qué sería de nosotros sin los Bárbaros? Ellos a su modo eran una solución.

 

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