Por: Gustavo Páez Escobar

La fulgurante Rosa Montero

A la escritora y periodista española Rosa Montero (Madrid, 1951) la conocí por La loca de la casa (Alfaguara, 2003).

Es un libro alucinante que se mueve entre la novela, el ensayo y la autobiografía y representa un manual para el arte de escribir. Al mismo tiempo que deleita, le enseña al escritor normas valiosas para su oficio. 

Leo ahora un nuevo libro suyo, tan fascinante como el anterior: La ridícula idea de no volver a verte (Seix Barral, 2013). Como él, es una obra que no puede situarse en un género preciso, y de hecho posee los mismos ingredientes que se hallan en el título atrás citado. En este lapso de diez años no son muchos los libros que ha escrito Rosa Montero, con lo cual practica una de las reglas que pregona: que al escritor no le conviene crecer demasiado y debe preocuparse más por la calidad que por la cantidad si aspira a conquistar el favor del lector. Al público no hay que fatigarlo. 

Ella gasta entre tres y cuatro años en la redacción de una novela y solo la entrega al público cuando está convencida de que ha sabido emplear todos los recursos de la buena escritura. De lo contrario, vuelve a comenzar. “El buen artista –dice– sólo sabe escribir bien, de la misma manera que el malo sólo es capaz de escribir mal”. De este modo, sigue las reglas de Flaubert, cuya obra trasciende –siglo y medio después de su tiempo– por la brevedad, la concisión, el rigor y la elocuencia de su contenido.  

En las 237 páginas de La ridícula idea de no volver a verte, que he leído de un tirón y con absoluto placer, establezco dos factores primordiales de la existencia: el amor y la muerte. Son ellos los que configuran el tránsito del hombre sobre el planeta. El amor concluye en la muerte, es una verdad inexorable. Sin amor no tendría sentido la vida. La propia muerte en un acto de amor. 

La escritora describe en prosa tersa e impactante la vida de Marie Curie, laureada dos veces con el Premio Nóbel, en Física y Química, y se siente deslumbrada por la personalidad de esta mujer admirable que, contra múltiples obstáculos, no solo desarrolla los avances de su ciencia, sino que se defiende como mujer en un mundo dominado por el predominio machista de sus días.  

Marie Curie va de la mano de su marido Pierre Curie. Con él obtiene el Nóbel en Física. La pareja protagoniza un caso excepcional de consagración al estudio, de convivencia ejemplar, de desafío y superación del medio estrecho en que deben cumplir sus investigaciones y subsistir al mismo tiempo. Cuando fallece el esposo, Marie se siente desolada. Su terrible viudez se hunde en la soledad más pavorosa. Más tarde le aparece un amor súbito, un compañero de ruta, y ella vuelve a vivir. Está en su derecho. Pero la rigurosa y mojigata sociedad de la época la condena y la maltrata por ser él un hombre casado, en plan de separación.

Un día Rosa Montero descubre el breve y estremecedor diario escrito por Marie Curie en su primer año de viudez. Y se siente sobrecogida. Es un diario movido por el dolor, el desamparo y el recuerdo de su esposo, hechos que la mueven a trabajar la imagen del amor y la muerte, que en mi concepto es la vértebra de su nuevo libro. 

También Rosa Montero ha tenido su propia tragedia al perder a su compañero de 21 años de convivencia. Esto le ha truncado la vida, lo mismo que le sucedió a Marie Curie. Son dos casos paralelos que unen a estas mujeres que se encuentran en la distancia del tiempo, y que la española solo menciona en forma incidental, sin darle mayor realce a su propio dolor, pero que de todas maneras establecen un destino común entre ambas. El amor y el dolor –como la muerte– son los compañeros más seguros en el recorrido del hombre sobre la tierra. 

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