Por: Nicolás Rodríguez

La función social del escándalo

ANTES DE QUE SE SUPIERA (AUNQUE se sabía) que la fiscal Viviane Morales pediría cárcel para la exdirectora del DAS, María del Pilar Hurtado, y el exsecretario general de la Presidencia, Bernardo Moreno, el abogado de este último, Jaime Granados, solicitó inútilmente que se restringiera el ingreso de periodistas a la sala del Tribunal. Según lo notificaron algunos artículos en internet, la idea era evitar que la diligencia se convirtiera en un show mediático.

Pese a que al abogado la petición le fue negada, tiene algo de sentido detenerse a pensar en los supuestos de su formulación. Después de todo, pedir silencio era una estrategia más de la defensa. Su primer argumento.

Afirmar que habrá un show mediático que es preciso detener supone, de entrada, que los medios son los tontos útiles de los jueces (cuando no es que los cómplices). Que la justicia le jala a la puesta en escena de un espectáculo. Y que los ciudadanos, cual borregos, asistimos a la función  para gritar, aplaudir, reír y llorar.

Todo lo cual puede ser cierto (sobre todo lo de los aplausos, y una que otra lágrima de alegría), pero no es razón suficiente para creer que ahí, en esas tres malformaciones de la democracia, se agota el alcance y la importancia de un buen show mediático. Todo lo contrario. El show mediático es lo que separa por estos días a los Estados Unidos de una Francia empecinada en defender la verticalidad del poder machista. El show mediático practica una política de los escándalos que es, en esencia, bastante revolucionaria.

Que no nos digan entonces los uribistas y sus defensores que existe un show mediático que los pone en peligro (como antes existía y sigue existiendo, según su repertorio de excusas, una persecución política); dicho por ellos, ‘show mediático’ traduce ‘no queremos que se sepa’. Es un ‘apaguen las luces porque se acabó la función’, cuando esta apenas comienza.

Lo escribió magistralmente Francisco Gutiérrez en su penúltima columna: “Al uribismo hay que acercarse con las narices tapadas, sí, pero con los ojos bien abiertos”.

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