Por: Ignacio Zuleta

La gélida ecojerga

El vocabulario con el que nos referimos a la naturaleza es cada vez más abstracto y alienante, afirma George Monbiot en el artículo que plagio y complemento. Su columna “Natural language” en The Guardian comienza con un chiste: si Moisés les hubiera dicho a los judíos que en la Tierra Prometida encontrarían excreciones de glándulas mamarias de cuadrúpedo y vómito de insectos, no habría entusiasmado mucho al pueblo a continuar su marcha libertaria en el desierto: por eso prometía ríos de leche y miel.

Ya sea por motivos de manipulación política o económica o por la intención de buena fe de los naturalistas de insertar en una ciencia deificada y “respetable” su admiración y amor por los portentos del mundo natural, del cual hacemos parte, se han creado unos términos asépticos, engañosos, a los que Monbiot propone inyectarles de nuevo la emoción y el sobrecogimiento que produce la experiencia ante el mundo natural.

Me pareció refrescante el ejercicio y deberíamos hacerlo los que vibramos con la belleza, misterio y perfección de la vida en el planeta. Le he robado a este admirado periodista, o he buscado, un par de términos que sirvan de ejemplo por perversos o anodinos o que puedan ser traducidos a un lenguaje que reviva el nexo místico con las manifestaciones de la vida y forme una imagen vibrante, humana y ancestral ante las maravillas, pues las palabras moldean las percepciones.

Encabeza la lista el esperpento de “Capital natural” que da por hecho que el agua, el aire, el suelo y el subsuelo y sus productos le pertenecen a la especie humana y están allí para ser explotados a su arbitrio por el arrogante rey de la creación, especialmente si tiene “Capital financiero” para hacerlo. ¿Sabrán estos capitalistas naturales lo que significa para el alma humana un río sagrado, un santuario de plantas medicinales o un arrecife coralino, por ejemplo?

Entre los cientos de términos ambiguos de la nueva jerigonza natural, Monbiot se enerva con el término “extinción”, pues anota con mal y buen humor que lo que hacemos con esta palabrita es disfrazar y encubrir nuestros asaltos a la vida y la belleza: la extinción parece ocurrir sola, finge de natural, nadie la causa… y es entonces como llamar a la muerte “expiración” como en las fechas de las latas de conservas.

Y podríamos continuar con “Áreas Protegidas” (léase la riqueza de seres vivos en un lugar de asombro que intuimos fundamental para nosotros), “Servicios Ecosistémicos” (el agua que piensan embotellar tan pronto puedan), “Ecoeficiencia” (lavado del pecado de la codicia de crecimiento ilimitado, con plantas, agua y animales limitados), “Resiliencia” (cuánto aguanta un conjunto de seres vivos la explotación “ecoeficiente” sin “extinguirse”). Así la invitación de Monbiot, que yo he aceptado, es la de que continuemos desenmascarando la prosaica jerga que utiliza el poder de la palabra para encubrir, alienar o enmarcar en un lenguaje de poder lo que debemos comenzar a llamar de nuevo por su nombre, antes de que lo único que quede sea un obsoleto diccionario, un museo lleno de especies disecadas, un herbario marchito o una muestra en probeta tomada de la última fuente de agua que brotaba generosa de las profundidades de la tierra.

Buscar columnista

Últimas Columnas de Ignacio Zuleta

Otra vez humanos

El lamentable ¡puf! del Alto Putumayo

Zánganos electrónicos