La gente se mamó

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Es mucha la paciencia que los colombianos, en todas las esferas de la sociedad, le han tenido al presidente Duque. Sus votantes, funcionarios, amigos, copartidarios, consejeros y aliados políticos llevan casi tres años echándose al hombro la compleja tarea de defender a un Gobierno al que cada vez es más difícil encontrarle un acierto.

Cuando Duque resultó elegido, tuvo la mesa servida para hacer un cuatrienio al menos aceptable. Todos los partidos del establecimiento lo respaldaban, era popular entre la gente y había conseguido ganarse el beneplácito de muchos no uribistas que veían en él una opción de renovación a la que valía la pena apostarle. Pero le bastaron unos pocos días en el poder para alejar, poco a poco, a quienes en su momento estuvieron dispuestos a tenderle la mano. Hoy es casi imposible encontrarse con alguien que afirme que el actual Gobierno es una maravilla.

El lío político en el que está el presidente no es de poca monta. Los resultados del mandatario son tan precarios que casi todos, incluyendo a los miembros de su propio partido, están buscando la manera de saltar del Titanic antes de que se hunda. Poco posibles se ven los escenarios de reconciliación con Vargas Lleras, César Gaviria y, ahora, hasta con Álvaro Uribe, el hombre que lo llevó al poder, quien está dedicado a desmarcarse de su pupilo para lograr que el Centro Democrático no pague, en las próximas elecciones, las consecuencias del desastre.

Los líderes políticos que pesan en las urnas son, por lo general, bastante pragmáticos. Así las cosas, con las elecciones a la vuelta de la esquina, ningún jefe de partido va a querer que se asocie a su colectividad con un Gobierno fallido. Eso hace muy difícil que Duque recupere su margen de maniobra en el Congreso. Como está la situación para el Ejecutivo, incluso echando mano de toda la mermelada que hay en el tarro, le va a quedar muy complicado persuadir a los parlamentarios para que voten sus proyectos.

Pero, aunque Duque enfrenta una crisis política sin solución a la vista, su problema más grave no es ese. Su verdadero problema es su relación con la gente. Ya de poco sirve que haga las paces con gamonales, gremios, empresarios o que retire su moribunda reforma tributaria. Si bien esta última fue la gota que rebosó la copa del descontento social y sacó a la gente a protestar masivamente, lo que se vive hoy en las calles desborda ese hecho.

La gente se cansó. La pandemia dejó de servir de muro de contención para atajar la ira de los colombianos. La magnitud de las manifestaciones que aún siguen en casi todo el territorio muestra que en el país todo está dado para la llegada de un caudillo. La debacle de Duque no solo lo afectará a él y a sus compañeros de pupitre: el mal manejo del Estado en este último tiempo nos ha llevado a un escenario de total desinstitucionalización.

La gente no cree en el presidente, pero tampoco en el Congreso, en los partidos, en las Fuerzas Armadas, en la justicia o en los medios de comunicación. En las próximas elecciones, gracias a la improvisación y los desaciertos del uribismo, los votantes seguramente favorecerán las opciones populistas que prometen patear la lonchera del establecimiento.

@federicogomezla

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