Por: Columnista invitado

La geopolítica del Vaticano

El 13 de marzo de 2013, cuando el humo blanco confirmaba la designación del nuevo papa y nuevo obispo de Roma, la Capilla Sixtina se convirtió en un escenario de la política mundial.

En una Iglesia que pasa por una profunda crisis sistémica, ética y de legitimidad, el nombre Francisco alienta a millones de feligreses alrededor del mundo. Los remite al imaginario fraterno de san Francisco de Asís, a su amor por los pobres y por la naturaleza. El simbolismo del nombre escogido lleva a pensar que su lucha será en beneficio de las personas desposeídas y por la salvación del propio planeta. San Francisco fue el santo que soñó con el derrumbe de la Iglesia, la cual él necesitaba reconstruir. ¿Será el papa Francisco el transformador de la Iglesia en el tercer milenio?

Su designación fue celebrada por unos, no por todos. Por un lado, los rumores de sus vínculos con la dictadura Argentina. Por otro, la idea de que la llegada de un papa suramericano al Vaticano es un reconocimiento de la importancia que la región ha alcanzado, un factor que dará más visibilidad a América Latina.

Sin embargo, si se piensa en el papel del Vaticano para controlar los movimientos sociales o en su apoyo a la “Doctrina de Seguridad Nacional”, cuando demostró un claro alineamiento con las directrices de Washington para la región, no todo es tan bonito como parece.

La Teología de la Liberación, que emergió en los años 60, en la periferia de las iglesias centrales de América Latina, se extendió a África, Asia y algunas partes del Primer Mundo. En palabras de Leonardo Boff, “fue la primera teología moderna que pensó el destino de la humanidad desde la perspectiva de las víctimas. Ella nació oyendo el grito de los pobres y de la tierra”. A principios de los años 70, los teólogos de la liberación crearon un consejo editorial para publicar una sistematización teológica. Después de 13 publicaciones, el Vaticano intervino para cortar el mal por la raíz. Pero la fuerza de esa teología no se centraba en los teólogos sino en el trabajo de las comunidades eclesiásticas de base, que contribuyeron para la organización del Partido de los Trabajadores (PT) en Brasil, el Movimiento de los Sin Tierra y la Organización del Movimiento Negro. Uno de sus mayores críticos fue Joseph Ratzinger, más tarde, papa Benedicto XVI.

Si se piensa también en el papel que el papa Juan Pablo II protagonizó para el derrumbe del socialismo en Polonia y el resto del mundo, se podría pensar que el nombramiento del cardenal de Buenos Aires, Jorge Bergoglio, corresponde más a un acto de la geopolítica del Vaticano conectado con intereses políticos y económicos internacionales para neutralizar la tendencia progresista de América Latina, muy cercana a la Teología de la Liberación, empezando por Argentina.

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