La gordofobia

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Recuerdo que hace unos años una mujer canadiense me pidió disculpas por mirarme fijamente. Me dijo: “Lo siento, te confundí con alguien conocido. De nuevo, qué vergüenza. Disculpas”. Su comentario me hizo pensar en la forma como asumimos los cuerpos en Colombia o, más bien, cómo asumimos la mirada. La nuestra es una mirada de arriba a abajo. Una mirada que examina y juzga sin disimular. Al fin y al cabo, el disimulo se sabe consciente de alguna fechoría. La desfachatez, al contrario, se cree con derecho. Y en Colombia nuestra mirada se cree con el derecho no sólo de incomodar a quien se le atraviese, sino de comentar el juicio de esa mirada. Es común oír cosas del estilo de: “¡Cómo está de flaca y de linda!”. O su contrario: “¡Está subidita!”.

El índice de masa corporal es la métrica que rige la mitad de la vida de las mujeres. La otra mitad, sobra decir, es tener hijos sin perder la primera. Sin embargo, por esos caprichos igualadores de la naturaleza, en tiempos de pandemia el control de la balanza les está cayendo con la misma fuerza a los hombres. El factor de más alto riesgo es ser mayor de 75. El que le sigue es estar entre los 60 y los 75. El tercero es ser obeso. Así, dos características físicas que marcan los cuerpos marginalizados, la edad y el tamaño, le están abriendo la puerta a la siempre garosa intervención pública. Nos dicen que “es por el bien de los cuerpos gordos y viejos”, aunque nadie parece haberles preguntado.

La verdad, parece que la carga moral es mayor para los gordos que para los viejos. Mientras casi todos simpatizan con los cuerpos viejos porque saben que seguramente el suyo será uno de esos, el cuerpo gordo sigue estigmatizado, le cae el doble juicio de un cuerpo “inconveniente” que además lo es por culpa propia. La sociedad juzga a los gordos porque los cree perezosos y descuidados. “Dejados”, como dicen. Y, bueno, nadie se quiere “dejar”. En los últimos meses más de 3.000 publicaciones de Instagram están relacionadas con el temor a subir de peso durante la pandemia. Aunque el humor y las recomendaciones propositivas son deseables en una crisis que se extiende y extiende, estas publicaciones estigmatizan la obesidad y son extremadamente dañinas para personas que de verdad están luchando por bajar de peso.

Y ahora, para terminar de completar, el Gobierno decide perpetuar el perverso discurso contra la gordura prohibiendo la salida a la calle de las personas con obesidad. Pero las políticas públicas, así como los hechos científicos, no por ser científicos o técnicos están libres de valor ni de consecuencias. En algunos países la obesidad mórbida es una de las razones por las que una persona menor de 60 podría no recibir ventilador; sus pulmones resisten menos, su intubación es más compleja y todo esto, se cree, por su propia inmoderación e incontinencia. Sin embargo, las causas de la obesidad son múltiples y complejas. Estigmatizar a las personas obesas no va a ayudarlas. Mucho menos esconderlas. Lo que sí puede ayudar es ver a una persona en toda su humanidad y si se trata de darle un trato diferencial, que sea para darle, por ejemplo, prioridad en las vacunas y algunos tratamientos. Los cuerpos en riesgo no son terroristas domésticos, no amenazan el sistema de salud, al contrario, el sistema está ahí para ellos.

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