"Yo imito, no ridiculizo a los personajes": Hugo Patiño

hace 10 horas
Por: Juan Carlos Botero

La gran decepción y el Palacio de Justicia

Colombia ha tenido razones de sobra para sufrir el desencanto general de la población.

Además de la pobreza y la inequidad social, pocos países han visto el asesinato de cuatro candidatos presidenciales en una sola elección; o un partido político completo eliminado a bala, como la UP; o niveles de secuestro y asesinato que ascienden a los más altos del mundo. No obstante, pocos hechos han causado una decepción tan honda e imborrable como la tragedia del Palacio de Justicia en 1985.

En ese entonces quienes defendían al M-19, incluyendo periodistas de renombre, escritores famosos y otras figuras de la cultura nacional, veían en el grupo guerrillero una valiente postura de idealismo. Pero a raíz del Palacio de Justicia, los creyentes en la izquierda y sus héroes de la guerrilla tuvieron que admitir que el asalto fue una barbarie sangrienta y demencial, que el comando entró matando civiles inocentes, y peor, que el operativo careció de ideales, pues el supuesto juicio al presidente Betancur era una farsa, ya que el M-19 había hecho pactos secretos con el sector más violento y vulgar del país, el narcotráfico, para borrar los expedientes de los narcos solicitados en extradición.

Lo mismo pasó con quienes defendían a las Fuerzas Armadas por su espíritu de sacrificio, su patriotismo y su batalla sin cuartel contra la insurgencia. Los creyentes de la derecha con sus héroes en las FF.AA. tuvieron que aceptar que varios oficiales terciaron en torturas, desapariciones forzosas, violaciones y asesinatos.

Igual pasó con quienes defendían la democracia y el Estado de derecho. Los creyentes en la autoridad civil y sus héroes en el Gobierno vieron a los coroneles apartar al Ejecutivo como si fuera un estorbo, y hasta el ministro de Justicia, Enrique Parejo González, señaló que sus órdenes fueron ignoradas por las tropas del Ejército. Los militares mandaron a dormir al gabinete presidencial en la tenebrosa noche del 6 de noviembre, y en seguida comenzó la fase más violenta y sangrienta de la retoma.

Al ver la acción criminal de la guerrilla, la furiosa reacción del Ejército y la alarmante inacción del gobierno civil, y al ver la sede de la justicia convertida en cenizas, con unos 100 muertos entre militares, guerrilleros y civiles, a muchos sólo les quedaba creer en Dios. Sin embargo, una semana después estalló el volcán del nevado del Ruiz, que borró del mapa el pueblo de Armero con 25.000 vidas. Éste llevaba 150 años en estado durmiente, de modo que la voluntad de Dios parecía, por decir lo menos, inescrutable.

Han pasado 28 largos años desde esa trágica semana de noviembre en 1985. Y quienes más los han sufrido son Yolanda Santodomingo y Eduardo Matson, torturados en batallones militares, y los admirables familiares de los desaparecidos. Por suerte, ahora el Estado aceptará su responsabilidad en este horror, al menos en esos dos casos de tortura, y la Fiscalía definirá el caso de Carlos Horacio Urán, el magistrado que salió con vida del Palacio, luego torturado y asesinado por las fuerzas del orden, y después regresado a las ruinas del Palacio para que su cadáver fuera contabilizado como una baja más del fuego cruzado entre guerrilleros y militares. En esta infamia colosal, al menos, ya se vislumbran esas pequeñas luces de justicia y esperanza.

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