Por: Juan Gabriel Vásquez

La gran marcha de Doctorow

EDGAR LAWRENCE DOCTOROW (E.L., según sus libros) es contemporáneo de Roth y Updike, pero el público en lengua española no ha sido tan generoso con él como con ellos.

Una lástima: se trata, para mí, de uno de los grandes novelistas vivos (cosa que también dije la semana pasada de Banville: para que luego nos hablen de la muerte de la novela). La historia ha sido siempre su terreno predilecto: desde Welcome to Hard Times, un curioso experimento con el género del western, hasta The Waterworks, una intriga científica con la Nueva York del siglo XIX como fondo, su obra se ha esforzado por redefinir la relación entre los hechos pasados y la novela como indagación. “La ficción”, dice Doctorow en cierta entrevista, “asume que las fuentes de la historia son más variadas de lo que suponen los historiadores”. Sus novelas persiguen esas fuentes; el producto, más que una recreación nostálgica del pasado norteamericano, es una revisión inmisericorde de sus mitos. Pues bien, La gran marcha es el último eslabón de esa cadena.

Durante la guerra civil norteamericana, el general William Sherman marcha desde Atlanta hasta el mar, arrasándolo todo a su paso. Las proporciones del relato —sesenta mil hombres, un recorrido de cientos de kilómetros, un destino nacional a gran escala— son gigantescas: nunca antes Doctorow había encarado escenarios de este tamaño. Al enfrentarse a un tema semejante, todo novelista norteamericano tiene en mente la célebre y muy castradora frase de Hemingway: “A los malos escritores les encanta la épica”. Doctorow, heredero respetuoso del autor de Adiós a las armas pero también del Faulkner de Luz de agosto, ha decidido que la mejor manera de enfrentarse a los peligros de la épica es lanzarse de cabeza en ella. Y eso es lo primero que nota el lector: la ambición totalizadora del novelista, la voluntad de no dejar intacto rincón alguno de la realidad de la guerra.

El zoom de la novela se abre para incluir escenas de batalla que habrían dejado satisfecho a Tolstoi, pero también es capaz de cerrarse sobre un personaje con la meticulosidad de un entomólogo; la voz narrativa puede lidiar con un periodista inglés, blanco y relativamente culto, pero también con la intimidad de una adolescente negra. La novela contiene multitudes, y Doctorow se ha dado el lujo de diseñarlas a su medida: aquí nos encontramos con Wrede Sartorius, médico que ya habíamos conocido en las páginas de The Waterworks, y también con Coalhouse Walker, padre del personaje de Ragtime, novela de 1975. Su aparición es más que un guiño del autor: estamos ante la construcción, a lo largo de toda la obra de Doctorow, de una historia autónoma y alterna de los Estados Unidos, una historia donde las reglas son menos optimistas y más escépticas que en los Estados Unidos de la historiografía, pero donde incluso los personajes más pequeños pueden aspirar a su propia grandeza.

Al final parece que el gran personaje de la novela es la marcha misma, “una forma de vida no humana” capaz de incluir una generosa variedad de vidas. Doctorow las cuenta todas, y la precisión de su prosa, visual pero también moral, es la misma para Abraham Lincoln que para los caballos muertos en combate. El resultado es una nueva vindicación del poder de la ficción sobre el caos inhumano de la historia. Una gran novela.

Buscar columnista

Últimas Columnas de Juan Gabriel Vásquez