La grandeza de los otros

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¿Qué dejó el coronavirus? Se puede hablar ya en pretérito de esta plaga que comenzó a batirse en derrota desde la semana pasada, cuando el conteo de muertos disminuyó. Habría que hacer un listado de pros y contras, pero es preferible escoger una sola consecuencia de este choque imprevisto y excepcional en la vida de los habitantes del globo.

No hay duda de que el evento colateral más prolongado del virus ha sido el confinamiento obligatorio. Cobijó a todos, con excepciones escasas, y se convirtió en una segunda naturaleza extraña a la tradicional del “animal político”. La cotidianeidad quedó circunscrita a barrotes de ladrillo y cemento o a vitrinas de pecera.

El encierro fue súbito. Personas que estaban de visita debieron acomodarse en hogar ajeno, incluso en ciudad y país lejano. El que se movió no quedó en la foto. Los vuelos humanitarios se llamaron así, precisamente, porque pretendían devolverles algo de humanidad a los extraviados.

La cuarentena cayó como cuchilla de guillotina. Tajó piernas, brazos, hizo rodar cabezas. Nadie logró tomar precauciones. Fue un remedo de muerte, repentina, paralizante. Las órdenes perentorias no previeron que junto a los huesitos y las carnitas quedaban recluidas las almas. Claro, al principio se difundió una mentira: usted no está encerrado, solo su cuerpo lo está.

Paulatinamente cundió el desespero. Los viejos se rebelaron porque no los dejaban renquear hacia los cafés para juntarse con otros viejos a reconstituir la ciudad y el orbe. Los adultos vieron mutilados sus ingresos y las ganas de empinar el codo como dios manda. Las mujeres cuadruplicaron su esclavitud doméstica, sin el alivio del fecundo intercambio con sus pares.

Los adolescentes, entre los diez y los treinta de edad, rabiaron porque les sonsacaron un año y los cercenaron de la manada, verdadero escenario donde a trompadas se aprende a sufrir y a vigilar el mundo en que fueron arrojados sin consultarlos. Los niños rechinaron sin entender nada, alevinos alejados de sus cardúmenes.

El peor paso fue para los muertos. Les tocó irse en abandono absoluto, historias estranguladas, desterradas sin la misericordia de una voz enamorada que les facilitara los vericuetos del más allá. Brincaron a la negrura, privados del discurso postrero sobre cómo fueron de queridos.

Así las cosas, el principal legado del coronavirus es la clarividencia sobre la grandeza de los otros.

En los primeros meses un confinado conseguía escapar de la inquisición de vecinos, policía y transeúntes, para verse con la hija adorada, la mujer amada o algunos amigos de alma gemela. Al regresar notaba la inteligencia despejada, se le había calmado ese dolor de cabeza en todo el cuerpo, dormía profundo la noche siguiente.

Cuando se alivió el aislamiento y se autorizaron reuniones presenciales de menos de diez personas, volvió el alma al cuerpo. Los más curiosos no acertaban a descubrir la raíz del bienestar consiguiente. Hasta que estalló en su interior el hallazgo: la grandeza de los otros.

arturoguerreror@gmail.com

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