Por: María Teresa Ronderos

La grieta

El columnista del Washington Post Martin Kagan decía esta semana que algunos de sus coterráneos podían no coincidir con las congresistas demócratas de izquierda Ocasio-Cortez, Tlaib, Omar y Pressley, pero que al decirles que “se fueran de vuelta a donde vinieron”, aunque todas son estadounidenses, simplemente por el color de su piel o por su religión, el presidente Trump ha dejado a sus compatriotas con solo dos opciones: apoyar el nacionalismo de su presidente, que promueve la supremacía blanca, o ponerse de parte de ellas, para defender los valores universales de esa democracia liberal.

Algo similar está pasando en Brasil con el presidente Bolsonaro, cuyos insultos constantes a las mujeres y minorías sexuales tampoco les dejan a los brasileños demócratas otra que irse en su contra. El diputado Jean Wyllys, activista de derechos humanos, se definía a sí mismo como opositor a Dilma Rousseff y al PT, pero antes de dejar su curul forzado al exilio por amenazas, no tuvo más remedio que denunciar el régimen de un presidente que estaba dando espacio a milicias parapoliciales violentas, responsables del asesinato de la activista Marielle Franco.

En México, cuando un periodista regional de Estrella TV, Pedro Feris, le dijo al presidente López Obrador que ya no era necesaria una confrontación entre fifís y no fifís y lo mejor era “trabajar juntos por México”, el presidente recalcó su disgusto con la prensa “hipócrita y sabelotodo”. Fifí es el término con el cual AMLO desestima con frecuencia a cualquiera que desapruebe sus decisiones, y con ello empuja a la oposición a compatriotas que, si bien simpatizan con sus ímpetus reformadores de inclusión social, recelan sus señales autoritarias.

En Argentina, la corrupción y el abuso de poder de los Kirchner (como salió a la luz en los cuadernos de las coimas) han radicalizado a sus opositores, pero la ineptitud del actual gobierno de Macri para atajar la inflación y proteger a la población más vulnerable revivió al kirchnerismo radical. El país se dividió en lo que la gente llama “la grieta”, cuando la animadversión ocupa el lugar del discurso político.

“El problema de ‘la grieta’ es que no nos deja reconciliarnos”, escribió el analista argentino Luciano Elizalde en Perfil. “No nos permite comprendernos, ni escuchar al otro, ni mejorar la empatía que necesita el diálogo; la grieta nos atrapa, nos domina, nos enceguece”.

La misma reflexión cabría para Colombia. Aunque el presidente Duque no usa el lenguaje del encono, su partido y su senador Uribe viven de él. En un acto de suicidio histórico, pero fieles al momento actual de cosechar triunfos de corto plazo con la política de la ira, se empecinan en destruir la frágil paz que logramos firmar apenas hace tres años, después de 50 de sangre y sufrimiento. No deja más lugar que para ponerse del lado contrario, aunque uno tampoco comulgue con el petrismo, que, sin notar la ironía, acude a bravuconería y matoneo virtual para defenderla.

¿Por qué caemos en la grieta? Nuestros gobernantes (aún los izquierdistas Maduro y Ortega) sienten que Trump les da patente de corso para ofender y humillar sin medida a los más débiles. Y la inquina sembrada desde arriba polariza más cuando los algoritmos digitales nos jalan a ver solo un lado de las cosas. Sus bots y youtubers consentidos nos desinforman con éxito para que no intentemos siquiera entender al otro.

En esa polarización nos queda casi imposible saltar la grieta, llegarle al que está del otro lado con hechos comprobados o raciocinios lógicos. Lo fácil es ir con los tiempos, radicalizarnos y ganar aplausos de los que están de acuerdo con nosotros.

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2019-07-23T00:00:33-05:00

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2019-07-23T00:15:02-05:00

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La grieta

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