Por: María Elvira Bonilla

La grieta de Juanes

HACE VEINTE AÑOS CAYÓ EL MURO DE Berlín, construido en 1961 por el gobierno de la Alemania comunista para impedir la libre circulación de los ciudadanos entre las dos países, que irónicamente bautizaron como el muro de protección antifascista.

Su caída fue el gran símbolo del comienzo del fin del totalitarismo soviético, y representó el final de  la Guerra Fría y el comienzo de la unificación política de la nación alemana.

Cayó este muro pero se han levantado otros: la barrera de 721 kilómetros que atraviesa el territorio cisjordano, para impedir que los palestinos pasen a Israel (tragedia hermosamente ejemplificada en la película El árbol de Lima). La muralla construida por Estados Unidos para blindar su frontera con México e impedir la entrada de inmigrantes ilegales a su país. Con sus 1.123 kilómetros, iniciada en 1994 entre Tijuana y San Diego, se extenderá a Arizona, Nuevo México y Texas. Verdadero muro de la humillación y paredón de muerte, donde han caído miles de mexicanos y latinoamericanos pobres en su búsqueda de una vida que les es negada en sus países.

Junto al de Berlín y casi por la misma época y con igual propósito de encerrar gente, el comandante Fidel Castro levantó un muro demarcado por un océano, que nadie ha podido romper. Desde hace 50 años confinó a sus compatriotas en la isla, arrebatándoles su libertad. Su régimen autoritario permanece sordo a las nuevas señales que el mundo les manda a gritos. Esa es la barrera que Juanes quiere fisurar, agrietar con su concierto Paz sin fronteras. Su apuesta es a la capacidad de la música, de la creación para romper barreras. Son esos lenguajes alternativos al discurso racional que con su potencia para comunicar y acercar a la gente, a los pueblos, son muchas veces más efectivos que la razón y, sobre todo, que el discurso político convencional.

El 4 de agosto Juanes recorrió La Habana desprevenidamente. Consiguió los permisos de un régimen reacio a abrir cualquier tipo de compuertas. Comprometió a Silvio Rodríguez y a los Van Van, la gran orquesta de salsa, y soñó con ver en la misma tarima a cubanos del interior y del exilio, europeos y norteamericanos, limando con su música resentimientos, unidos en un mensaje de paz, de fraternidad. Sin miedo. Igual lo había hecho en la frontera en un momento de durísima confrontación entre Colombia, Venezuela y Ecuador. Demostró con los hechos que la cercanía entre los pueblos ahogaba las pugnas entre los gobernantes.

La posibilidad del gran encuentro musical del 22 de septiembre despertó la ira del exilio cubano en Miami. Un odio ciego, una agresividad soterrada, vengativa y rabiosa, que expresa la misma torpeza política que durante años los han convertido en la mayor disculpa del régimen de Castro para mantenerse en el poder y ha bloqueado cualquier iniciativa del gobierno norteamericano para quitarle a La Habana el discurso del enemigo externo. Juanes lo intuyó y sabe que su concierto le abrirá una grieta a la intolerancia de ambos lados, dentro y fuera de la isla, y por eso los fanáticos de Miami lo quieren impedir a cualquier precio. Pero ahora, con mayor razón, no puede desistir en su empeño.

 

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